Mamet vs. Hollywood: una historia de amor y odio

El dramaturgo, guionista y director norteamericano lanza sus puntiagudos dardos contra la industria del cine norteamericano de hoy y avisa a futuros navegantes

David Mamet lee pasajes de su libro durante una presentación.
David Mamet lee pasajes de su libro durante una presentación.
Manuel J. Lombardo

24 de junio 2008 - 05:00

"La mayoría de las películas que salen de Hollywood apestan. Aún así, seguimos yendo a verlas". David Mamet (Chicago, 1948) parece tener la respuesta a esta gran paradoja en su nuevo libro Bambi contra Godzilla, una colección de ensayos en los que el autor de los guiones de El cartero siempre llama dos veces, Los intocables de Elliot Ness o Cortina de humo, de prestigiosas obras de teatro como American Buffalo, Glengarry Glenn Rose u Oleanna y director de títulos como Casa de juegos, Las cosas cambian, Homicidio, La trama, State and Maine, El caso Winslow o Spartan, se adentra en los entresijos de la industria del cine norteamericano para dar cuenta de sus "mecanismos represivos" así como de la insaciable sed de drama de un público al que cada vez se ofrece menos entretenimiento y de peor calidad: "si uno es parte de un sistema capaz de malgastar 200 millones de dólares en una hora y media de basura, uno debe ser alguien".

En estos ensayos, como en otros anteriormente publicados en libros como Escrito en restaurantes, Una profesión de putas o La ciudad de las patrañas, Mamet asume su papel de pepito grillo ilustrado en el seno de una industria que le ha sido favorable y esquiva a un mismo tiempo. En la línea de libros como Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman, el de Mamet parece describir la trayectoria de ese guionista de provincias que llega a Hollywood, consigue hacerse rico y, con una carrera segura en el negocio, toma venganza contra sus antiguos jefes acusándoles de haber abandonado el arte y la verdad (excepto, quizás, en su decisión de haberlo contratado a él).

A veces obvio y no excesivamente profundo en sus observaciones -ya sabemos que los blockbusters enfatizan lo espectacular sobre lo narrativo, que las técnicas de mercado diluyen lo artístico, que las decisiones en grupo fomentan la mediocridad o que no hay que hacer caso a los críticos-, Mamet parece querer actualizar y reescribir en su libro ese viejo lamento del guionista inherente a la propia historia de Hollywood (recordemos las mismas quejas del gran Billy Wilder o a Preston Sturges, a menudo citados en esta páginas), con el plus de hacerlo desde esa posición privilegiada que lo mantiene a una justa distancia del meollo del negocio, a mitad de camino entre el prestigio universitario de la Costa Este y el papel de salvavidas para enderezar guiones torcidos en grandes superproducciones.

En todo caso, y hablando ya de estilo, el Mamet ensayista se mantiene fiel al Mamet dramaturgo y guionista. Lapidario, sentencioso, con el verbo siempre afilado, claro y directo -"hacer una película es un proceso tremendamente sencillo. Se necesita una cámara, película y una idea (esto es opcional)"-, buen rastreador de citas, culto, prolijo en anécdotas de todo tipo y procedencia, irónico, cortante, seco, cínico incluso, aunque jamás exponiéndose demasiado, observando siempre desde la barrera (una barrera que, por ejemplo, le permite hablar del lobby judío que siempre ha controlado el negocio sin mojar sus propias barbas), dejando que sean los otros (los productores, los ejecutivos, nunca el público) los que hagan el papel de auténticos malos de la película.

Desde la propia experiencia (dulce y amarga), la inteligencia y una lucidez incontestable, Mamet arremete contra la dinámica de los pases previos, contra las cuadrillas de ejecutivos cuyos nombres inundan los títulos de crédito de las películas de hoy, contra la proliferación de los seminarios y recetarios para escribir guiones, los jefes de casting o los críticos mediocres. Por el contrario, reivindica a los trabajadores del cine, a los actores sin método y, sobre todo, el ingenio y la "fuerza dramática" como elementos esenciales del arte cinematográfico y los únicos capaces de cautivar al público, ese "grupo dispuesto a suspender sus facultades racionales" durante hora y media... y pagando.

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