CICLO DE CÁMARA DE LA ROSS | CRÍTICA Poca música y poco teatro

Salieri y Mozart Salieri y Mozart

Salieri y Mozart / DS

Tras el espectáculo de la Sinfónica de hace un par de semanas en el Lope de Vega, con la versión de Amadeus pergeñada por John Axelrod, el ciclo de música de cámara de la ROSS reincide en la ya manida leyenda del envenenamiento de Mozart a manos de Antonio Salieri, con la pieza original de Pushkin como centro del concierto en este caso.

En una versión más voluntariosa que otra cosa, en la que el personaje de Mozart aparece contaminado de la deformación a la que lo somete la película de Forman, y con actores de sólo mediana solvencia (dicción poco inteligible la de Andolini), la breve pieza teatral de Pushkin sirvió de eje central de un programa que en lo musical tan sólo ofrecía el interés por escuchar el bellísimo quinteto para clarinete y cuerdas de Mozart.

Porque el resto del programa se compuso de obras insustanciales de dos Salieris, el tío Antonio con dos ejercicios de contrapunto y el sobrino Girolamo (virtuoso del clarinete en sus días) con un tema y variaciones sobre un tema de la ópera Edoardo e Cristina de Rossini. Aquí, como en la genial obra mozartiana, se evidenció el peligro de los grupos de cámara adventicios. Lastrado por el sonido abierto, destemplado y oscilante de Talbot, secundado por una irregular viola, el grupo de cuerdas sonaba sin empaste y sin homegeneidad en materia de articulación. La obra de Mozart se salvó por el sonido redondo, la buena línea de canto y la agilidad del clarinete de Félix Romero.

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