El dictador / El emperador de la Atlántida | Crítica Ética contra Estética

Nicola Beller Carbone en 'El emperador de la Atlántida' Nicola Beller Carbone en 'El emperador de la Atlántida'

Nicola Beller Carbone en 'El emperador de la Atlántida' / Antonio Pizarro

Tras asistir a este atractivo y emocionante programa doble y, sobre todo, tras escuchar el resultado sonoro de El emperador de la Atlántida, no puedo dejar de plantear una cuestión que creo trascendental: ¿hasta dónde llega la libertad de un director musical para abordar las composiciones del pasado? ¿Hasta dónde es lícito permitir la intervención personal de un director sobre la música? ¿Existen unos límites no sólo artísticos sino sobre todo éticos en la alteración de lo que otro compositor ha creado?

Todo esto lo traigo sobre el tapete porque lo que anoche se escuchó y lo que los asistentes escucharán en las dos funciones restantes no es lo que Ullmann compuso en el campo de Terezin. Ullmann compone una ácida y agria crítica del poder y esa acidez, ese sarcasmo, esa amargura, no sólo se evidencia en el texto y la acción dramática, sino en la misma dimensión sonora, en el perfil tímbrico . A pesar de que en Terezin disponía de una orquesta sinfónica, Ullmann compone expresamente para dos violines, viola, chelo, flauta, oboe, clarinete, saxo alto, trompeta, banjo, guitarra, armonio, piano y percusión. Es decir, un conjunto más de cabaret que de ópera, con ataques abruptos, ritmos cambiantes, sonoridades ásperas. Y lo que Halffter ha hecho es sumergir esa instrumentación original en una orquesta de dimensiones malherianas. Le ha añadido preludio e interludios, más creación de Halffter que de Ullmann. Y, por último, la ha dirigido como si fuera Salomé, por ejemplo, con un fraseo ampuloso que busca la belleza del sonido por encima de su expresividad y que lima sistemáticamente esas aristas sonoras voluntariamente dispuestas por Ullmann. Tratándose de una obra nacida en un campo de concentración alemán de la mano de alguien que acabó sus días en las cámaras de gas, la voluntad original de Ullmann debería suponer un imperativo categórico cuya violación se convierte en un grave atentado a la Ética por encima de la Estética.

Menos mal que el trabajo del fallecido Gustavo Tambascio, con los maravillosos e imaginativos vestuarios de Jesús Ruiz, salva el espectáculo merced a su fantasía barroquista y a su sabiduría del movimiento escénico. Antes, Rafael Rodríguez Villalobos había presentado su concepción de El dictador de Krenek . Con menos fantasía pero con toques de ingenio (caracterizar al dictador como Trump) y efectos de buen teatro, fue un apropiado complemento para la función.

Martin Gantner triunfó con su voz poderosa y su fraseo incisivo en ambos títulos. Beller Carbone mostró problemas de proyección y escaso brillo, todo lo contrario que Labourdette, capaz de sobreponerse con su voz de diamante a todos los demás. Muy bien asimismo Ombuena y Sola, así como Lagares y Vemic, dos voces contundentes.

La producción contó con el patrocinio de la Fundación BBVA, que esperamos continúe sea quien sea quien rija el Maestranza en un futuro inmediato.

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