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Crítica 'Todo es de color'

Vieja mitología trianera

Todo es de color. No-ficción, España, 2016, 97 min. Dirección: Gonzalo García Pelayo. Guión: Javier García Pelayo, Paco Millán y Natalia Molinero. Fotografía: José Enrique Izquierdo. Música: Triana. Con: Javier García Pelayo, Rosa Ávila, Natalia Rodríguez, Jorge Cadaval, Ken Appledorn, Alfonso Sánchez.

Dispuesto a recuperar el tiempo perdido, Gonzalo García Pelayo ha encadenado ya cuatro rodajes desde que fuera redescubierto y puesto en valor por cierta crítica (levanto la mano) hace apenas tres años, después de décadas de olvido que corrieron en paralelo a su abandono de la actividad cinematográfica en favor de ocupaciones y entretenimientos más lucrativos (o no tanto) como el juego y las apuestas.

Este regreso, del que hasta ahora hemos visto las Alegrías de Cádiz, Niñas y esta Todo es de color, se cimienta además sobre una suerte de nostalgia que busca retomar ideas, proyectos y modos ya tanteados desde una producción íntima y rodeado de los suyos, cómplices de viejas aventuras (Vivir en Sevilla, Frente al mar, Corridas de alegría) o miembros de las nuevas generaciones de su amplia familia.

Todo es de color prolonga este comeback nostálgico acudiendo además a las raíces del García Pelayo productor musical e impulsor del rock andaluz. Sin embargo, y contra lo que algunos despistados puedan esperar, entre ellos sus productores de Canal Sur o los fans acérrimos, su película-no-es-un-documental al uso sobre la mítica banda de Jesús de la Rosa, sino más bien una recreación libre, libérrima, de la mitología trianera basada en asuntos de aquella época de ingenuidades libertarias y lisérgicas tales como la búsqueda del amor (total) o la creatividad como motores para la comunión entre el hombre y el sentido de la existencia. Nada menos.

El problema es que la forma cinematográfica elegida para tan altas aspiraciones lírico-filosófico-vitalistas no consigue despegar ni trascender de un abstruso y mal ensamblado pastiche de episodios, tonos, géneros y formatos que, entre grúas y drones, muchachas perdidas y trovadoras hippies, un sainete de camping moranco y un viaje por las carreteras de España y los rincones de Sevilla conducido por Javier García Pelayo, conforma un verdadero monstruo sin cabeza ni rumbo que ni tan siquiera deja respirar al que se supone objeto primero de este tributo, las grandes canciones de Triana y sus versiones tocadas en la ribera del Guadalquivir o a orillas del Atlántico.

Entre la épica y el fracaso, entre la sublimación de la nostalgia y el ridículo posmoderno, Todo es de color derrocha tanto cariño como imperfección (¡esa terrible fotografía!), tanta voluntad de heterodoxia como caos y desorientación, tanto de autorretrato generacional como de confirmación de su propia caducidad.

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