Gracia, intimidad y virtuosismo
Abel Tomàs & Emma Stratton | Crítica
La ficha
ABEL TOMÀS & EMMA STRATTON
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Música de cámara en Turina. Abel Tomàs, violín; Emma Stratton, piano.
Programa
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Sonata para piano y violín nº18 en sol mayor KV 301 / 293a [1778]
Johannes Brahms (1833-1897): Sonata para violín y piano nº1 Op.78 en sol mayor Regensonate [1879]
Franz Schubert (1797-1828): Fantasía para violín y piano en do mayor Op. Posth.159 D934 [1827]
Lugar: Espacio Turina. Fecha: Sábado, 17 de enero. Aforo: Un tercio de entrada.
Abel Tomàs (Barcelona, 1980), segundo violín del Cuarteto Casals, y Emma Stratton (Pals, Gerona, 1999) ofrecieron un soberbio concierto camerístico sustentado en una técnica depuradísima, un entendimiento mutuo muy sólido y una notable capacidad para adecuarse a lenguajes estilísticos muy distintos sin perder ni identidad ni carácter. A lo largo de todo el programa se impuso una concepción del dúo basada en la escucha atenta, el equilibrio y la claridad del discurso, lejos de cualquier exhibicionismo gratuito, y ello a pesar de algunos problemas de salud que la joven pianista hispano-británica tuvo a bien hacer saber a la audiencia.
La Sonata KV 301 de Mozart se resolvió con elegancia y gracilidad, subrayando su carácter luminoso y conversacional. El equilibrio entre ambos instrumentos fue ejemplar, con un violín de sonido limpio y flexible y un piano ligero, siempre atento a la respiración del dúo. El segundo movimiento destacó especialmente por su articulación precisa y su carácter danzable, sostenido con naturalidad y sin afectación, dentro de un clasicismo refinado y de gesto amable.
La Sonata nº1 de Brahms, la Regensonate, se movió en un terreno lírico de cierta severidad, abordado desde una contención expresiva muy consciente. El Vivace inicial mostró humores cambiantes y una tensión interior bien dosificada, sin caer en expansiones retóricas. El segundo movimiento se desarrolló en un clima levemente elegíaco, nunca dramático, con una densidad emocional sostenida pero recogida. El Finale, algo nostálgico, evitó deliberadamente una exaltación romántica más enfática, optando por una paleta dinámica moderada y por una expresividad íntima, poco extravertida, de tonos pastel más que brillantes, coherente con la lectura global de la obra.
Tras el descanso, el Schubert de postrimerías permitió a ambos intérpretes desplegar plenamente su virtuosismo. La Fantasía D934, concebida como una obra de un solo trazo en la que se adivinan las secciones de una sonata clásica, sorprendió ya desde el arranque por el matizadísimo violín de Tomàs en dinámicas extremadamente tenues, que no le habíamos escuchado hasta entonces, su forma de ensanchar el sonido y luego dejarlo irse en unos armónicos etéreos. En el Allegretto resultó especialmente llamativa la articulación del ritmo sincopado, precisa y viva, con una absoluta claridad de todas las notas. En las variaciones del Andantino, núcleo emocional de la obra, Tomàs mostró una agilidad soberbia en una serie de pasajes disminuidos de fusas, en los que el fraseo nunca pareció resentirse. Ese virtuosismo se prolongó hasta el tramo final, con abundantes pasajes en bariolage resueltos con brillantez. La joven ampurdanesa no le fue a la zaga en ningún momento: sostuvo la complejísima escritura pianística con una seguridad técnica impecable, una actividad incesante y un control firme del pulso, culminando la pieza con unas octavas poderosas en ambas manos que acabaron en un fortissimo rotundo. Un concierto de alto nivel, construido con inteligencia estilística, sensibilidad camerística y un virtuosismo siempre al servicio de la música. Bravo.
Apostilla. El martes, después del concierto de Víctor Barceló, se averió la maquinaria escénica del Espacio Turina y la pantalla empleada en aquel concierto no pudo retirarse del escenario. A día de hoy, el espacio sigue sin haber recibido ninguna intervención técnica para solventar la avería, de modo que tanto el concierto del viernes como el de esta misma velada se han celebrado con una tela negra cubriendo el fondo de escena para cubrir la pantalla varada. Más allá de la evidente afectación acústica, al ocultar una estructura de madera concebida con clara intención de proyección sonora, lo verdaderamente grave es constatar, una vez más, la incapacidad del Ayuntamiento de Sevilla para garantizar un mantenimiento técnico mínimo de sus instalaciones culturales. Resulta difícilmente comprensible que un organismo como el ICAS no disponga de un servicio técnico propio o concertado que pueda responder con inmediatez a este tipo de incidencias. La actividad del Espacio Turina no se detiene: el martes llega nada menos que Jean-Guihen Queyras, una de las grandes figuras internacionales de la música clásica; esa misma semana hay conciertos programados de la OBS y de la Bética; y en apenas diez días un espectáculo escénico firmado por Rafael R. Villalobos, referencia indiscutible de la dramaturgia musical en la ciudad, que en estas condiciones no podría celebrarse. Sinceramente, los artistas, los aficionados, los trabajadores del centro y los ciudadanos que lo sustentan con sus impuestos merecen algo mejor.
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