La ciudad oculta | Crítica SEFF Constelación de sombra y materia

Una imagen de 'La ciudad oculta', de Víctor Moreno. Una imagen de 'La ciudad oculta', de Víctor Moreno.

Una imagen de 'La ciudad oculta', de Víctor Moreno.

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Entre algunas imágenes del cine de Sharon Lockhart, pasajes del Philippe Garrel de Le révélateur y el mundo (monstruoso) visto al microscopio del maestro Jean Painlevé, La ciudad oculta desciende al subsuelo (y más allá) de la gran urbe buscando la abstracción como textura y forma experimental que dé cuenta de esa otra vida, esa otra materia orgánica, mineral o sintética, esos otros trazados y laberintos, ese otro flujo de trabajo o ese silencio atronador que domina el mundo de las sombras bajo el asfalto.

La explícita conexión con la ciencia-ficción nos remite también a otros proyectos documentales recientes (Dead slow ahead), buscando en la mirada, atravesada siempre por un runrún industrial, el nacimiento de nuevas figuras y umbrales para el ojo más allá de la superficie de lo real. Pero hay también espacio para los rostros (lo social), para ratas, gatos, lechuzas y cucarachas vigiladas, para el agua que se filtra desde las alcantarillas o reflejos de luz capaces de sugerir constelaciones imposibles.

No esperábamos, empero, en este sugerente viaje sensorial a las tinieblas, tener que salir a la superficie (el accidente de tráfico y el rescate de los bomberos), en la que se nos antoja una falla caprichosa en su alargada consistencia.