Cry Macho | Crítica

Eastwood cabalga de nuevo: quizás el adiós de un maestro

Clint Eastwood, en una imagen de 'Cry Macho'.

Una película menor de un cineasta mayor. Es decir, una obra más que apreciable, fiel a su estilo y a sus temáticas, en las que se reconoce la huella de un autor hecho a sí mismo contra vientos de modas y mareas de incomprensiones. Un western crepuscular rodado por el último maestro del género, el único que lo mantuvo vivo en continuidad tras su agonía y muerte: el forastero sin nombre se puso el poncho y se llevó la colilla a la comisura de la boca el mismo año en que Ford rodaba su último western (1964: El gran combate y Por un puñado de dólares); dirigió su primer western el mismo año en que Peckinpah dirigía el último de los suyos (1973: Pat Garret y Billy the Kid e Infierno de cobardes) y siguió rodándolos cuando ya casi nadie lo hacía hasta alcanzar la cumbre de Sin perdón en 1992.

Como otras películas que trajeron los restos del western, sus sueños rotos, al presente –Vidas rebeldes de Huston, Hombres errantes de Ray, Junior Booner de Peckinpah, El valor de la amistad de Champion o Bronco Billy del propio Eastwood–, se desarrolla muchos años después de la muerte del Oeste y su protagonista es un viejo, viejísimo vaquero que había sido una estrella del rodeo. Un antiguo amigo le encarga que viaje a México para rescatar a su hijo adolescente de un entorno peligroso.

Sí, una vez más Eastwood rueda una road movie. Como hizo en Ruta suicida, Honky Tonk Man, Un mundo perfecto o La mula. Sí, una vez más Eastwood rueda la historia de un hombre desencantado, incluso amargado, pero aún en pie, que establece una relación paternal con un joven convirtiéndose en su maestro de vida; como Josey y la india en El fuera de la ley, el policía Ben y la testigo Gus en Ruta suicida, el cantante country Red y su sobrino Whit en Honky Tonk Man, el pistolero redimido William Munny y el aspirante a serlo Schofield Kid en Sin perdón, el prófugo Butch y el niño Buzz en Un mundo perfecto, el entrenador Frankie y la boxeadora Maggie en Million Dollar Baby, el jubilado Kowalski o el asiático americano Thao en Gran Torino, redimiendo con esta relación un pasado marcado por la incomunicación con sus hijos. Y sí, una vez más interpreta a alguien que sigue rezando quizás sin fe para pelear con Dios (la privada oración diaria del entrenador de Million Dollar Baby, su asistencia a misa y su continua bronca con el cura). En el caso de que una de las marcas que definen a un autor sea crear película tras película un universo temáticamente coherente, Eastwood lo es.

El estilo de Cry Macho es seco, austero y voluntariamente simplificado casi hasta lo esquemático. Eastwood también posee esta otra marca del autor: el estilo reconocible tanto en sus grandes obras como en las menos grandes. La emoción siempre contenida pero presente en sus películas como una corriente subterránea que aflora un instante creando planos inolvidables (el regreso del pistolero a su hogar o el entrenador yéndose por el pasillo del hospital y el barucho tras cuyo cristal se le adivina que cierran Sin perdón y Million Dollar Baby) adquiere aquí más fuerza, más visibilidad cuando suena Sabor a mí de Eydie Gormé y Los Panchos o, sobre todo, cuando una mano infantil acaricia la del anciano.

Eastwood vuelve a ponerse un sombrero tejano y a montar con 91 años. Quizás sea su despedida. Como le dice Jack Palance a Lee Marvin en ese gran western otoñal que es Monte Walsh: "No hay por qué ser vaquero eternamente". Ni es posible serlo.

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