El servicio de Broncano
Currentzis magistral sin palabras
EL ANILLO SIN PALABRAS | CRÍTICA
La ficha
*****Programa: ‘El anillo sin palabras’, de Richard Wagner/Lorin Maazel. MusicaAeterna. Director: Teodor Currentzis. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Sábado, 7 de febrero. Aforo: Tres cuartos.
Nos imaginamos a Lorin Maazel ante la partitura completa de El anillo del Nibelungo planteándose la principal dificultad de su tarea: dónde cortar. Es decir, ¿cómo reducir a hora y cuarto las catorce horas que dura la tetralogía por excelencia. Porque en lo que al tejido orquestal Wagner lo pone fácil, porque su escritura para la orquesta es prácticamente autónoma y funciona por sí misma sin la presencia de las voces. Unos podrán echar de menos algún pasaje, otros descartarían alguno (lo dudo), pero la verdad es que el director franco estadounidense hizo un buen trabajo de cosido entre las escenas, al margen de alguna transición algo brusca.
Currentzis realizó una lectura perfecta, completa en todos sus detalles, mostrando un control absoluto sobre su enorme orquesta, que sonó de forma impresionante, tanto en los monentos delicados como en los más enérgicos. Sorprendentes los metales, con unas espléndidas trompas desde el arranque de El oro del Rhin, llevados con una infinita capacidad de matización dinámica por el director griego, que firmó un crescendo de una sutilidad inaudita. Y de ahí a la espectacularidad del descenso al Nibelheim y la famosa cabalgata de las valquirias y la contundencia apabullante de la música funeral de Sigfrido. O la monumental entrada al Walhalla, con los espectaculares metales dispuesto a un lado y otro de la orquesta para logran un efecto espacial. O la manera de acentuar el staccato de las cuerdas en el viaje de Sigfrido por el Rhin. Pero no hay que olvidar la delicadeza y la poesía de los momentos más líricos. Será difícil olvidar la sedosidad de las cuerdas en la despedida de Wotan a Brunilda, la poesía del dúo entre los hermanos Sieglinde y Siegmund, la delicadeza del arranque del despertar de Brunilda seguida de un crescendo muy emotivo (con un subito piano clavado por toda la orquesta) o, ante todo, ese monumento a la belleza sonora que es el final de El ocaso del dioses, con la inmolación de Brunilda, el incendio del Walhalla y la restauración del orden cósmico con el regreso del oro a las profundidades del Rhin. Aquí Currentzis se transfiguró y contagió con su magnetismo eléctrico a una orquesta que tocó el cielo en la bellísima frase final que pone fin a la epopeya.
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