Lo divino y lo humano según Jardiel Poncela

Blackie Books abre con 'Amor se escribe sin hache' y 'La tournée de Dios' una colección dedicada a las novelas del dramaturgo

Lo divino y lo humano según Jardiel Poncela
Lo divino y lo humano según Jardiel Poncela
Braulio Ortiz

24 de noviembre 2010 - 05:00

En un breve periodo, Blackie Books ha sabido despuntar en el mercado editorial con un catálogo ecléctico y sugerente, al que suma ahora un nuevo reclamo: la colección Vuelve Jardiel, que rescata las cuatro novelas largas que escribió el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela entre 1928 y 1932. Amor se escribe sin hache, una "carcajada de cuatrocientas cuartillas" con la que el escritor se ríe de las novelas románticas, y La tournée de Dios, una comedia sobre las miserias de la divinidad, ya están en las librerías, y el año próximo desembarcarán Espérame en Siberia, vida mía y Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Una ocasión para redescubrir la brillante pirotecnia de un maestro del humor al que su pasión por el teatro apartó de la narrativa.

La disección del deseo humano y sus contradicciones que propone Amor se escribe sin hache arranca cuando Elías Pérez Seltz, al que el entorno ha rebautizado como Zambombo, recibe la nota de un desconocido que le comunica que está al tanto de que él es el actual amante de su esposa, lady Sylvia Brums. Más tarde la visita de ese personaje femenino le aclarará el equívoco: la mujer ha sacado su nombre del listín telefónico y se lo ha facilitado al marido como una estrategia para que éste siga creyendo en sus encantos ilimitados.

En esa primera cita entre Zambombo y Sylvia surge la atracción entre ambos, pero el autor avisa ya al final de esa escena: el hombre "es el ser más ingenuo de la Creación, y donde la mujer pone cálculo, él no pone más que simpleza". Así, ella se resistirá, a partir de ahora, a sabiendas de que con esa negación transformará al hombre en su esclavo. Sylvia, alguien que tiene "el veneno de la aventura infiltrado en su hígado", detesta lo vulgar y admite estar "enferma de extravagancia", forzará a su amante, un tipo hasta entonces anodino, a toda clase de trances con tal de mantener el fuego de la excitación.

Tras un duelo disparatado con el marido donde sólo salen malparados los sombreros de los acompañantes, Zambombo recorrerá junto a Sylvia los escenarios más variopintos -París, Rotterdam, Londres o una isla desierta- y adoptará los recursos más insospechados para que su amada no se aburra de él y lo abandone. Pese a sus colosales esfuerzos, el bueno de Zambombo nunca comprenderá el carácter voluble y tiránico de ella; en su trato planearán siempre la incomunicación y la dolorosa imposibilidad de entender al otro. "¿Por qué después de haberme hecho concebir tantas esperanzas de dulzura, me haces tragar ahora tanta hiel?", le pregunta en un momento de la novela el protagonista, una incógnita a la que ella responde simplemente: "La historia se repite... En 1415, el emperador Segismundo le ofreció la vida a Juan Huss, y luego le quemó vivo en Constanza".

La misma perplejidad ante el ser humano desplegará el Sumo Hacedor que se embarca en una gira por España en La tournée de Dios. En su estancia en la Tierra deberá enfrentarse a fanáticos que le arrancan la ropa, damas católicas que se le acercan entre ataques histéricos y llantos, representantes del clero que le someten a rituales religiosos en los que él ofrece "claras señales de aburrimiento" y que le alojan en una inhóspita catedral en la que el frío le impide conciliar el sueño. Jardiel Poncela no oculta su debilidad por este personaje -la obra está dedicada A Dios, que me cae muy simpático- que se considera un "inflexible dictador", al que le gustan "las carreras de sindicalistas perseguidos por guardias" y las corridas de toros con cogidas graves porque "sólo donde hay dolor hay belleza".

Ya sea tratando la difícil relación de Dios con sus fieles o los diferentes lenguajes que habla una pareja, Jardiel plasma con un humor incisivo la decepción ante lo humano. Él lo advierte en las 8.986 palabras a manera de prólogo que preceden a Amor se escribe sin hache, cuando se disculpa por ser "un poco cínico": "Voy a decir verdades y la verdad sólo está separada del cinismo por un tabique de casa moderna". Pero, pese a ese sarcasmo que parece bordear la misantropía, Jardiel aprecia el material humano que maneja, y es capaz de dar forma a personajes tan entrañables como el doctor Flagg, un mentiroso patológico que aparece en los dos libros, que afirma haberse criado con biberones de leche de elefante y presume de haber conocido a Jack el Destripador y llevar al teatro al faraón Amenophis XVIII.

Cuando un genio apuesta por el absurdo, lo hace también por la libertad, y en el caso de Jardiel esa independencia se confirma en los aspectos formales. Las narraciones están plagadas de transgresiones y giros -interpelaciones al lector, acotaciones teatrales, imaginativas ilustraciones o divertidas notas a pie de página- que convierten los libros en propuestas asombrosamente modernas. Para David Trueba, autor del prólogo de Amor se escribe sin hache, el madrileño se caracteriza por "una insumisión feroz a lo trillado, a lo previsible". El mundo de Jardiel es, según el escritor y cineasta, un territorio donde habitan "el capricho, el destello y la anarquía".

Enrique Jardiel Poncela. Blackie Books. Barcelona, 2010. 436/492 páginas. 21/22 euros.

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