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Cultura

Un cónclave histórico de vampiros en el Caixafórum de Sevilla

  • Caixafórum propone en 'Vampiros: la evolución del mito', una exposición que podrá verse hasta el 1 de noviembre, un recorrido por la presencia de los no-muertos en la historia de la cultura moderna

La icónica silueta del 'Nosferatu' de Murnau recibe al visitante de la exposición.

La icónica silueta del 'Nosferatu' de Murnau recibe al visitante de la exposición. / José Ángel García

Ni muerto ni vivo, a veces terrorífico y repulsivo, otras seductor y elegante, casi por decreto melancólico y ceremonioso, siempre fundido con la noche, cuando la realidad se entrevera con las hebras del sueño, la figura del vampiro persiste en muy variadas formas en el imaginario colectivo desde hace siglos. De su existencia –del miedo que inspiraba pensar en su existencia– hay constancia en el folclore desde los tiempos bíblicos, aunque el característico de la era moderna se forjó con la literatura del siglo XIX y encontró en el cine –cuyo hechizo se rompe no cuando llega el día pero sí al encenderse las luces y disiparse la oscuridad– un fidelísimo aliado para asentarse en la mitología popular. No en vano, en la naturaleza misma del vampiro, a menudo encarnación del espíritu rebelde, alegoría de la locura o metáfora de los miedos más ancestrales de la humanidad, laten muchos de los grandes temas de siempre: la vida y la muerte, el deseo y las pulsiones más profundas e incluso reprimidas, el poder y la dominación... Nada de lo humano, en fin, ya se contemple desde la psicología, la etnología, la antropología, la religión o la política, les es ajeno a estas criaturas.

Vampiros. La evolución del mito, última exposición de la temporada del Caixafórum de Sevilla, recala ahora en Sevilla, tras su estreno en París en 2019 y su paso por Madrid y Barcelona en 2020 y por Zaragoza a comienzos de este mismo año, para proponer un recorrido por la historia de estas criaturas, sobre todo a través del cine, que se presta a paralelismos con el mundo vampírico, como señala el comisario de la muestra, Matthieu Orleán, asesor artístico de la Cinémathèque Française. "Está la oscuridad de las salas, que tienen algo de criptas, esa hipnosis que produce la proyección de luz en la pantalla, igual que el vampiro hipnotiza a sus presas, o la inmortalidad que logran los actores", dice Orleán, que comenzó a pensar en esta exposición después de ver, cautivado, Sólo los amantes sobreviven (2013), la personalísima película de Jim Jarmusch, en la que, con humor lacónico y espíritu dandy y sin rastro de majestuosos castillos transilvanos, los vampiros no son más que almas errantes, eruditas y heridas de melancolía que vagan por Tánger o por un Detroit fantasmagórico y arrasado por el desplome de la economía de 2008. "Tras verla –cuenta el comisario– reflexioné sobre el hecho de que en los últimos años se muestra a los vampiros desde un punto de vista más humano, muy diferente al de hace unas décadas, cuando sólo generaban rechazo y miedo. Ya no buscan el caos, sino que se enfrentan a sus debilidades y contradicciones, que son las mismas que todos podemos tener en algún momento de nuestras vidas. A partir de ahí, comencé a tirar del hilo para construir esta historia".

Carteles de películas de Béla Lugosi; a la derecha, obra de Cindy Sherman. Carteles de películas de Béla Lugosi; a la derecha, obra de Cindy Sherman.

Carteles de películas de Béla Lugosi; a la derecha, obra de Cindy Sherman. / José Ángel García

La exposición, que podrá visitarse hasta el 1 de noviembre, reúne más de 200 piezas procedentes de la Cinémathèque Française y de 19 museos y colecciones privadas e incluye 14 montajes audiovisuales temáticos, con fragmentos de 60 películas y series televisivas, además de carteles, ediciones originales (puede verse, por ejemplo, un original de la primera edición francesa de la novela Drácula de Bram Stoker), facsímiles (entre ellos, el de guión anotado del Nosferatu de Murnau), obras encargadas expresamente para la exposición a artistas como Wes Lang o Claire Tabouret y piezas de vestuario como la máscara, las manos y el abrigo que usó Klaus Kinski en el rodaje del Nosferatu de Werner Herzog o dos de los trajes que lucieron en Entrevista con el vampiro Kirsten Dunst y Tom Cruise.

"Para mí era muy importante que la exposición tuviera una determinada atmósfera, de ahí que el aspecto escenográfico sea importante. Quería que fuera una experiencia inmersiva", cuenta Orleán en la entrada de la muestra, un espacio oscuro y teñido de rojo y negro, "como un bosque de sangre". "Quería que la impresión del visitante fuese un poco como la de Jonathan Harker [uno de los protagonistas de la totémica novela de Bram Stoker] cuando entra por primera vez en el castillo del vampiro: una mezcla de emoción, miedo y curiosidad".

La sala dedicada a los 'Vampiros políticos'. La sala dedicada a los 'Vampiros políticos'.

La sala dedicada a los 'Vampiros políticos'. / José Ángel García

El primer apartado de la exposición, Vampiros históricos, aporta información sobre la existencia del mito, que tal y como lo conocemos hoy comienza a fraguarse en la Europa medieval, a partir de rumores y fabulaciones que nacen en los cementerios de las ciudades devastadas por las guerras y las epidemias. Voltaire y Rousseau discutieron ya en los salones parisinos sobre el significado profundo de estas leyendas, que en el siglo XIX irrumpieron con fuerza en la literatura gótica, en obras seminales como El vampiro (1819), de J. W. Polidori, basada en un relato inacabado de Lord Byron, o Carmilla (1872), de Joseph Sheridan Le Fanu, son fundamentales. Fue en todo caso Stoker, en Drácula (1897), quien sentó las bases del vampiro canónico y muchos de sus elementos, desde las estacas a los ajos. Varias ediciones de estos libros y proyecciones del Nosferatu de Murnau y de la relectura de éste que filmó Herzog pueden verse en este primer apartado.

Vampiros poéticos, el siguiente bloque, entra de lleno en el cine, con piezas dedicadas a Theda Bara (1882-1956), la primera actriz que, por su erotismo y magnetismo, recibió el calificativo vamp, o a Béla Lugosi, ligado para siempre al personaje que le dio fama primero en los escenarios teatrales y luego en numerosas versiones cinematográficas de los años 30, irremediablemente vampirizado por Drácula. También hay obras de Cindy Sherman –que se autorretrató como una Judith vamp– o Andy Warhol (un cartel de la película Sangre para Drácula, que produjo él).

Vestuario de Kirsten Dunst y Tom Cruise en 'Entrevista con el vampiro'. Vestuario de Kirsten Dunst y Tom Cruise en 'Entrevista con el vampiro'.

Vestuario de Kirsten Dunst y Tom Cruise en 'Entrevista con el vampiro'. / José Ángel García

Aunque el cine vampírico se ha inscrito habitualmente dentro del género fantástico o el terror, también ha propiciado incontables parábolas políticas. Según la época y la geografía, el vampiro ha resurgido como espía comunista, capitalista corrupto y abusón, gurú al margen de la ley, drogadicto de los bajos fondos o directamente caracterizado como mandatarios reales que en su día dividieron ferozmente a la opinión pública, desde Nixon a Bush pasando por Thatcher. Es decir, el vampiro, en este caso, en tanto que "metáfora de los peligros que desestabilizan a la sociedad", como señala el comisario de la exposición. Fragmentos de películas ilustran en el apartado Vampiros políticos este aspecto del mito, proteico como pocos: desde la mencionada Sólo los amantes sobreviven (2013), con el Detroit fantasmal de las hipotecas subprime, o Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour, quien con este western vampírico y feminista ambientado en Irán arremetió contra el tradicionalismo islámico.

Vampiros eróticos, el cuarto apartado, se centra en el apetito sexual de un ser cuya necesidad de succionar sangre pone en bandeja la identificación con una libido compulsiva e insaciable. No es casualidad que el cine haya generado un gran número de películas eróticas que tienen a los vampiros, y a las vampiras, como protagonistas. Carteles, fotografías y fragmentos de películas en su mayoría setenteras, paródicas, casi siempre marcadamente sexistas y no aptas para menores –avisado está en la entrada del pequeño apartado donde se proyecta una selección de fragmentos– ilustran esta vertiente del vampirismo, ya asumido como fetiche lúdico y autoconsciente.

El abrigo, las manos y la máscara que usó Klaus Kinski en 'Nosferatu, vampiro de la noche'. El abrigo, las manos y la máscara que usó Klaus Kinski en 'Nosferatu, vampiro de la noche'.

El abrigo, las manos y la máscara que usó Klaus Kinski en 'Nosferatu, vampiro de la noche'. / José Ángel García

El recorrido termina con los Vampiros pop, o sea, con la presencia recurrente de esta figura no ya sólo en el cine y de la literatura sino en todos los rincones de la cultura popular: juegos de rol, cómics, videojuegos... Y por supuesto la televisión. Bajo estas enésimas y nuevas vidas, concebidas en general para ojos jóvenes, los vampiros "siguen siendo seres sobrenaturales, pero se han librado de las reglas del vampiro tradicional y pueden ser divertidos y tiernos, llevar una vida como las de los humanos", resume Orleán. Eso plantean la serie True Blood, la saga Crepúsculo, en la que los vampiros, ídolos platónicos para forrar carpetas del instituto, son el vehículo de los (castísimos) efluvios adolescentes, o, desde una perspectiva muy diferente, la serie (o la película que fue antes de convertirse en serie) Lo que hacemos en las sombras, un hilarante falso documental que muestra la convivencia cotidiana, con un catálogo de miserias prácticamente ilimitado, de una pandilla de vampiros que, por mucho que lo intenten, no dan miedo ya, sino risa. Pero ahí siguen, en cualquier caso, vivitos y coleando, por los siglos de los siglos.

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