Otra historia de América

Los exploradores españoles del siglo XVI

Edaf recupera la obra del historiador y activista norteamericano Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI, obra pionera en su especialidad, donde el erudito establece una comparativa entre la colonización española y la posterior colonización anglosajona de su país.

Charles Lummis junto a Theodore Roosevelt en 1911
Charles Lummis junto a Theodore Roosevelt en 1911
Manuel Gregorio González

11 de enero 2026 - 06:00

La ficha

Los exploradores españoles del siglo XVI. Charles F. Lummis. Trad. Arturo Cuyás. Edaf. Madrid, 2025. 256 págs. 16 €

La importancia de esta obra de Lummis, publicada en 1892, no es tanto la de abordar la figura de los exploradores y conquistadores españoles del XVI, cuanto la de ofrecer una perspectiva favorable, francamente inusual, en las letras anglosajonas, sobre la presencia y la actividad hispánica en América hasta el siglo XIX. El hecho de que fuera el historiador Rafael Altamira, muy próximo a la Institución Libre de Enseñanza (su Historia de España y de la civilización española es de 1900), quien prologase la edición en español de 1915, nos dice ya cuál fue el significado último de su publicación, insertada en una nueva corriente historiográfica norteamericana, de la que Altamira da cumplida noticia. A este respecto, podríamos decir que el primer viaje de Archer M. Huntington a España, también en 1892, corresponde a una curiosidad y una simpatía crecientes por lo español, y en suma por lo peninsular, que culminarían con la fundación, en 1904, de la Hispanic Society of America en el Bronx neoyorkino, donde se atesora un formidable resumen de toda la civilización española, en Europa, América y Asia, consignada por Altamira.

Es un acendrado patriotismo, protector de la población indígena y contrario, por tanto, al racismo, lo que impulsa la obra de Lummis

Esta curiosidad, idealizada en el caso de Lummis, se basa no obstante en un análisis de los hechos, desde el punto de vista historiográfico, que hasta entonces no se había aplicado en la investigación anglosajona y tampoco en la española. Dicha ausencia, como recuerda Altamira, se debía no solo a la célebre y compacta “leyenda negra”, activa desde los primeros años del descubrimiento; sino al más reciente proceso de independencia, comenzado el XIX, que favoreció una opinión adversa sobre la vieja unidad hispánica en ambas orillas del Atlántico. Sin embargo, no son estas las razones que mueven al norteamericano Lummis. Es un acendrado y leal patriotismo, protector de la población indígena y contrario, por tanto, al racismo presente en EE.UU., aquello que impulsará su obra. Así lo dice al comenzar el prefacio a su encomio de los conquistadores españoles: “En este país de hombres libres y valientes el prejuicio de raza, la más supina de todas las ignorancias humanas, debe desaparecer”. Mucho más adelante, cuando llegue a la figura de Francisco Pizarro, Lummis precisará sus argumentos: “El empeño de los exploradores españoles en todas partes fue educar, cristianizar y civilizar a los indígenas, a fin de hacerlos dignos ciudadanos de la nueva nación, en vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner en su lugar a los recién llegados, como por regla general ha sucedido con otras conquistas realizadas por algunas naciones europeas”. He aquí aquello que motivó el interés de Lummis por la presencia española en América, así como su defensa de las tribus que, de modo residual, aún quedaban en Estados Unidos. Valga de ejemplo los indios Pueblo, que algo más tarde estudiaría Aby Warburg. Lummis insistirá en estas razones: “Se construyeron centenares de poblaciones españolas, escuelas, universidades, imprentas...”; pero la razón primordial es la que atañe a la población nativa, y a la diferencia que según Lummis hay entre la conquista española y las restantes: “Lo cierto es que la población india de las que fueron posesiones españolas en América, es hoy mayor de lo que era en tiempo de la conquista, y este asombroso contraste de condiciones y la lección que encierra respecto al contraste de los métodos, es la mejor contestación a los que han pervertido la historia”.

Como es obvio, las apreciaciones de Lummis, llevadas de un sincero entusiasmo, hoy deben ser corregidas o matizadas en diversos aspectos. Es, sin embargo, la atención al criterio historiográfico, a la exactitud de las fuentes y a la consideración de la mentalidad de cada época, lo que hace estimable a Lummis; no solo por su temprana indagación en la obra española en América, sino por su resuelta voluntad científica. Recordemos que algo similar ocurrirá, pocos años más tarde, con la denostada Edad Media, cuando Huizinga nos muestre su magno y colorido relieve. El británico Kirpatrick, menos entusiasta que su colega transoceánico, lo expresará con exactitud en Los conquistadores españoles: “Cualquiera que sea el punto de vista, la época o el lugar desde donde se juzgue la labor de los conquistadores españoles, es preciso contemplarla desde la Torre del Oro sevillana y a través de los ojos de la generación que vio a la cruz hincada en las torres de la Alhambra y, veintisiete años después, la ascensión del rey de España al trono imperial”. No cabe duda de que este fue también el riguroso empeño del historiador e indigenista norteamericano Charles Fletcher Lummis.

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