Cultura

Un hombre se interroga

  • Aitor Francos recibe el Premio Hermanos Machado por 'Las gafas de Pessoa', un libro de sobria y rotunda expresividad y un cierto latido metafísico

Aitor Francos, fotografiado antes de recoger el Premio Hermanos Machado. Aitor Francos, fotografiado antes de recoger el Premio Hermanos Machado.

Aitor Francos, fotografiado antes de recoger el Premio Hermanos Machado. / josé ángel garcía

"Mi casa", escribe Aitor Francos en su poema Fuera de aquí, "es una pequeña enfermedad hecha / de lo que falta. / Otro hueco. Otro cuarto. / Y de nuevo, otra muerte. (...) Todo debe permanecer así: / en piezas sueltas. / La casa de mis padres. / La casa de mis hijos. / Nunca la mía. / Esa la dejaré / marchar. / Yo ya estoy fuera". En Las gafas de Pessoa, el libro con el que ganó el VIII Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado, el autor (Bilbao, 1986) describe el mundo desde el estremeciento del desarraigo, la soledad, el aislamiento, "no necesariamente físico, aunque aparece varias veces la idea de una habitación cerrada".

Ésa es para Francos la labor -o la condena- de quien escribe, "estar solo ante el movimiento, observando". En sus versos, se manifiesta el hombre en toda su complejidad: en su conciencia se alternan la bruma y el destello, el poeta está "sumido en la niebla de un corazón desordenado" y comparte con los pájaros "la jaula del pensar". Es un sujeto que se busca y que sin embargo se pierde. La elección de Pessoa para el título no es casual, aunque al bilbaíno no le interesaba tanto el escritor prodigioso como el tipo extraviado entre tanto heterónimo. "Está en el libro como referente, pero también como un poeta que es la posibilidad de ser todos los poetas al mismo tiempo, por esa capacidad de metamorfosis, de cambio constante, de no ser nunca él. Él, en cierto modo, vivió una pérdida de identidad constante", argumenta Francos. "Y por poco que uno hable de su propia experiencia, en el fondo está hablando de pérdidas, de desarraigo, de cambios de lugar".

"Por poco que uno hable de su propia experiencia, en el fondo está hablando de pérdidas, de desarraigo"

La palabra y el pensamiento son las armas de las que dispone ese hombre vulnerable. "Cruzar entre sí las ramas, y mezclar lenguaje e idea, / sin que haya en la creación diferencia / alguna entre ambas cosas", anota el escritor en el poema que da nombre al conjunto.

Por las páginas irrumpen otros maestros por los que el poeta parece sentir devoción, creadores como Eugénio de Andrade o Alfonso Costafreda, pero "en esos poemas de los cuartos más cerrados, de las habitaciones", es Kafka quien reclama una inesperada atención. "Lo veo en esa idea de extrañeza ante el entorno, ante lo que uno vive, ese misterio que tienes que desvelar y que nunca llegas a comprender del todo", explica Francos.

Desde que publicó Igloo en 2011, la poética del autor se ha ido decantando hacia la sobriedad, a través de la que consigue una conmovedora hondura: "Que el poema no sea / nada. Que, como mucho, / se apoye en una silla / a respirar, y esa ya sea / una patria de todos", dice en uno de los fragmentos, Borrar el poema. En su defensa del despojamiento, el creador de los textos no tiene relevancia. "El poeta tiene que ser alguien prescindible, que todo pase a través de él pero que no se le note demasiado", sostiene. Él se fue liberando "de esa pretenciosidad que uno tiene en los comienzos, cuando quieres demostrar que sabes más o sientes que todo tiene que estar en el poema. Y me he dado cuenta de que es al revés, que hay que quitar casi todo. Eliminar lo más posible en los versos: primero quitarte tú, y luego descartar casi todas las palabras, que quede la fuerza de lo poco que quieres decir", prosigue. "Emborronar / cualquier imprecisión / y limpiar devotamente el lenguaje / es el oficio final del poeta", proclama en la pieza Collage.

"Con la palabra exacta, lo interiormente hueco / es mi contrario", se lee en otro de los poemas. "Al fin y al cabo, los temas que se abordan en poesía son comunes, repetitivos y muy básicos; si no hablas de la naturaleza o del amor estás hablando de la muerte. Y por eso es importante el lenguaje: comprendí que con pocas palabras se puede decir mucho más".

El jurado que le otorgó el Premio Hermanos Machado, que conceden la Fundación José Manuel Lara y el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS), destacó del libro de Francos "la clara inquietud metafísica". El mismo autor lo dice: "Dentro de mi ser hay toda / una metafísica de no ser. / Y yo he de trasladar mi maleta de una inexistencia a otra". "No sé de dónde viene", admite el poeta, "pero eso estaba en otros libros como Las dimensiones del teatro. Tal vez se deba a mi profesión, a la psiquiatría, el estar un día y otro delante de la conducta humana, asistir a cómo piensan las personas. Día a día vas indagando en la historia personal, las preocupaciones de otros, y eso te hace cuestionarte. Porque el poeta tiene que saber, sobre todo, hacer preguntas, no es alguien que tenga que afirmar sino interrogarse. Y quedarse con la inquietud. A mí esa inquietud me lleva a escribir", declara.

El Hermanos Machado, que el autor recogió ayer en el Ayuntamiento de Sevilla, y la edición en la colección Vandalia refuerzan la "vinculación azarosa" que este vasco afincado en Madrid tiene con el Sur. Irrumpió en el panorama literario con el Premio Surcos, de Coria del Río, y desde entonces ha publicado en las editoriales sevillanas Renacimiento y La Isla de Siltolá y en las granadinas Cuadernos del Vigía y Valparaíso. "Por aquí hay muchos poetas, y es difícil no tener lazos de amistad con alguno de ellos. Y también muchas editoriales. Todo empezó por casualidad, pero, sí, es curioso cómo se mantiene este vínculo".

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