The King's Man: La primera misión | Crítica

Ni chicha gamberra ni limonada fantasiosa

Rhys Ifans, un delirante Rasputín en esta nueva entrega de 'The King's Man'.

Rhys Ifans, un delirante Rasputín en esta nueva entrega de 'The King's Man'. / D. S.

Se contaba que cuando un joven entraba a trabajar en una pastelería le dejaban que se hartara de pasteles. La segura indigestión le haría odiarlos para siempre y el pastelero podía estar tranquilo. Sea verdad o mentira, en el cine se ha cumplido. No sé cómo lo digieren los más jóvenes, pero quienes vivimos los 70 y los 80 como un festival de regreso al cine divertido, de aventuras, fantástico, que no tenía más justificación que el placer que ofrecía ni más mensaje que devolvernos el cine clásico y las viejas series B que muchos amábamos, reconvertidas en superproducciones con marca de autor que se veían sin la mala conciencia de estar traicionando la militancia en el cine comprometido, padecemos una indigestión de películas de fantasía, superhéroes, bichos terrícolas o extraterrestres y presentes o prehistóricos y efectos especiales peor que las de aquellos jóvenes pasteleros.

Dicho lo cual, y soportando como se pueda el empacho de películas visual y sonoramente ruidosas, hay que decir que esta nueva entrega en forma de precuela de los personajes del tebeo de Gibbons y Millar, tras las de 2014 (Kingsman: servicio secreto) y 2017 (Kingsman: el círculo de oro), es más de lo mismo. Más ruido. Con el agravante de que es inferior a las dos entregas anteriores. No acaba de funcionar el meterse en la historia real (Primera Guerra Mundial) con personajes reales caricaturizados (políticos, zares, reyes, kaiseres y Rasputín como figura estelar: al ser ya una caricatura en la realidad la película se ve obligada a exagerarlo hasta el delirio acrobático) y escenas dramáticas insertadas en las fantasiosas o bufonescas.

Las dos primeras entregas eran un ultraviolento y gamberro delirio pos-Bond con un presunto (solo presunto) trasfondo crítico. Esta precuela intenta combinar el delirio ultraviolento y los espectaculares efectos especiales con una presencia presuntamente (solo presuntamente, porque parece quedar fascinada por lo que ridiculiza) más evidente de la crítica. Tiene el atractivo -logrado gracias a una costosísima producción y a la imagen digital- de crear un tapiz histórico sobre el que evolucionan los disparatados personajes, recordando de alguna forma el universo de las caricaturas de la prensa y las revistas de la época [para crítica antiimperialista, ya que hablamos de caricaturas de época, La última carga de Tony Richardson… Pero aquello, ya, eran los años del Free Cinema].

Al final todo queda en una tierra de nadie en la que lo divertido no lo es tanto, lo fantasioso no encaja con la realidad histórica, la caricatura es burda y lo gamberro ha perdido fuerza. Lo mejor, el disparate de Rhys Ifans haciendo de un Rasputín que parece poseído, además de por todos sus demonios interiores, por Bruce Lee y la broma de Tom Hollander interpretando a los primos Jorge V, el zar Nicolás y el Kaiser Guillermo.

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