Luz Casal canta como si cada canción fuera la primera
LUZ CASAL | Crítica
Un Cartuja Center lleno recibe a Luz Casal, que presentó 'Me voy a permitir' en un concierto elegante y emotivo, entre clásicos, homenajes y momentos de intensa complicidad con el público
El Kanka arranca su gira con un doble lleno en el Cartuja Center
El auditorio del Cartuja Center CITE colgó el cartel de entradas agotadas prácticamente en cuanto se anunció este concierto. La expectación era alta y el público respondió llenando cada butaca para reencontrarse con Luz Casal, que llegaba con la gira de su último trabajo, Me voy a permitir. El resultado fue un concierto intenso y elegante, construido con la serenidad de una artista que conoce el valor de cada silencio y la fuerza de cada palabra.
El escenario, despejado en su mayor parte, parecía pensado para que la protagonista pudiera moverse con libertad. La banda se distribuía en dos polos bien definidos: a la izquierda, la sección rítmica —bajo y batería— sostenía el pulso del concierto; a la derecha, guitarras y teclados aportaban las texturas más melódicas. Entre ambos espacios quedaba abierto un amplio territorio escénico que Luz ocupó con naturalidad desde el primer momento.
El concierto arrancó con la canción ¿Qué has hecho conmigo?, seguida de A cada paso y Volver a comenzar, tres canciones que sirvieron para situar al público en el clima emocional de la noche y recordar que el repertorio de Luz Casal se mueve con naturalidad entre distintas épocas de su carrera. El arranque pertenecía al disco nuevo y con las otras dos canciones se fue hacia atrás en dos y cuatro décadas. Poco después llegó Sentir, interpretada con una delicadeza casi susurrada, uno de esos momentos en los que la voz de Luz parece detener el tiempo y convertir el silencio del auditorio en parte de la canción.
Pero, como era de suponer, una gran parte del recital estuvo dedicada al mencionado Me voy a permitir, que la cantante interpretó prácticamente completo —solo quedaron fuera dos de sus canciones—. Antes de adentrarse en ese bloque, Luz explicó el sentido del propio título del disco. “Con Me voy a permitir creo que quedan bastante claras mis posturas y mis actitudes ante la vida, ante la música y ante todo”. Según contó, el álbum tiene dos vertientes, por un lado, la del intérprete que se atreve con canciones que cuentan historias que no le han ocurrido y obligan a ponerse en la piel de otros; por otro, la del artista que aborda canciones que dialogan con su presente y con una mirada más personal e incluso privada. A esta segunda vertiente correspondieron dos momentos especialmente significativos. El primero fue Lágrima, adaptación al castellano del célebre fado de Amália Rodrigues, que Luz presentó como un homenaje a la gran voz portuguesa. El segundo llegó con Bravo, composición del mexicano Luis Demetrio, que ella introdujo con una confesión inesperada, la de que en todos los discos que ha grabado nunca había cantado a un sentimiento que ella asegura no haber experimentado —“creo que no lo he tenido nunca”—, el odio.
La emoción tomó otro cariz con Entre mis recuerdos, que Luz quiso dedicar a Marta, “que está al otro lado”, evocando a los padres de esta, Susana y Julián. La cantante no dio más detalles, pero la manera en que pronunció esas palabras bastó para llenar la sala de una emoción contenida que la interpretación terminó de desbordar. La canción gira en torno a una idea muy machadiana, como la de su poema Recuerdo infantil, donde aparece una nostalgia serena por la inocencia perdida, muy ajustada a esta dedicatoria de Luz, con la memoria como refugio frente a la tristeza del presente. Publicada originalmente en 1995 y convertida en uno de los mayores éxitos de su carrera, la canción sigue funcionando como un delicado refugio de memoria y nostalgia. Con ella, esta noche la emoción no fue un recurso escénico, sino el verdadero argumento de la música.
Si hubo un instante de declaración directa fue No me importa nada. Luz la dedicó “a todas las mujeres, todas ellas poderosas”, recordando además que la noche coincidía con el Día Internacional de la Mujer. “Hoy es el día de la mujer, y cada día de mi vida celebro ser una mujer”, dijo antes de interpretar esta autoafirmación frente a las expectativas del macho con una actitud desafiante y casi teatral, con los gestos más displicentes que le he visto nunca… y ya la he visto interpretarla muchas veces.
El concierto siguió alternando clásicos y material reciente. Todo cambia, popularizada por Mercedes Sosa, sonó con sobriedad casi confesional; el cambio es inevitable, pero la identidad profunda permanece. Y así llegó uno de los momentos de mayor fervor colectivo con Besaré el suelo. La canción, que bien podría ser una de las rimas de Bécquer convertida en balada, desató la hasta ahora mayor ovación de la noche; el público se puso en pie y aplaudió largo rato mientras la cantante se retiraba brevemente del escenario. Durante ese tiempo, la banda sostuvo una larga introducción instrumental mientras Luz se cambiaba de vestuario. Cuando regresó, retomó el concierto con Un nuevo día brillará, cuyo final se convirtió en uno de los momentos más emotivos de la noche, con el auditorio entero cantando el estribillo mientras la cantante permanecía en silencio, ofreciendo el micrófono al público con sonrisa y gestos cómplices. Del disco nuevo fue la siguiente, El blues de la cebolla, un giro inesperado en el repertorio de Luz, porque el blues es un estilo que la cantante nunca había explorado antes. La canción, en principio, iba a ser de una letra surrealista, pero ha llegado a despertar interés incluso en Los 40. Luz lo explicó con una sonrisa: “Las cosas que pasan a veces te sorprenden, y al final dices que casi mejor así”. Interpretada con precisión y fuerza contenida, este blues combinó ritmo y melancolía, ofreciendo un momento fresco y sorprendente dentro del concierto.
Tras esta canción el concierto no bajó ni un ápice de intensidad con otras que siguieron también nuevas. Nada es imposible, funcionó como una especie de declaración de no rendirse jamás, persistir en el intento aun cuando todos digan “no puedes”. Interpretada con el crescendo de fuerza que tiene la versión grabada, en directo adquirió una dimensión mayor, con cada acorde siendo una invitación a creer en lo imprevisible. Con Parece ser llegó una mirada más afilada y crítica al mundo actual. La letra, que evoca un paisaje donde “se miente mucho más que se habla” y “el mundo se ahoga en un mar de pantallas”, encontró en la voz de Luz una lectura que combinó firmeza y sensibilidad; fue un comentario social sin concesiones, con una musicalidad que respaldó la intensidad de sus palabras. Finalmente, Me voy a permitir, la pieza que da título al disco y a la gira, actuó como broche de oro del bloque reciente. Más que un simple tema central, fue una declaración sincera de libertad creativa y personal, una afirmación de que uno puede “permitirse” ser quien es sin ajustarse a moldes preestablecidos. Luz la cantó con una mezcla de ironía y verdad que la hizo resonar como una invitación a vivir sin barreras. Agotadas ya las nuevas que traía, terminó este bloque, antes de presentar a la banda, con Tal para cual, retrocediendo hasta el inicio de los 90, demostrando con complicidad y frescura que algunas canciones, aunque pasen los años, siguen manteniendo su fuerza y verdad.
La banda —sólida y precisa, la misma que le acompañó en su anterior visita a Sevilla— fue un apoyo constante. En la batería, el prestigioso Tino Di Geraldo marcó un pulso elegante; las guitarras de Borja Montenegro y Jorge Fernández Ojea se repartieron texturas y matices, mientras el bajo de Pedro Pablo, Peter, Oteo asentó el armazón rítmico. Desde los pianos y teclados, Josep Maria Baldomà, Baldo, dibujó atmósferas que ampliaron muchísimo la dimensión emocional de cada canción.
El concierto entró en su tramo final con Rufino, momento en el que el público abandonó definitivamente la quietud de las butacas. Casi todo el auditorio se levantó para bailar o marcar el ritmo con palmas, una energía que continuó con Loca y Pedazo de cielo, cierre festivo del set principal.
Para los bises, Luz volvió a aparecer con otro cambio de vestuario. Primero llegó Negra sombra, interpretada en gallego con gran recogimiento. La canción está basada en el poema de igual título, uno de los textos más famosos de Rosalía de Castro, que habla de un recuerdo o presencia que acompaña al sujeto en todas partes, incluso cuando intenta olvidarlo. Después, Piensa en mí, sostenida únicamente por las cuerdas de las guitarras y el bajo, dejó uno de los momentos más desnudos y emocionantes de la noche, hablando de cómo el amor continúa incluso en la distancia o el dolor. Finalmente, Te dejé marchar puso el broche definitivo a un concierto que el público despidió con una ovación prolongada, mientras todos saludaban y por la megafonía del auditorio sonaba La Pura Concepción de Silvio, de quien la propia Luz ha sido siempre una admiradora confesa. Fue un final perfecto para una noche en la que Luz Casal volvió a demostrar que su mayor talento no es solo la voz, también es perfecta su manera de convertir cada canción en una historia vivida. Después de tantos años de carrera, Luz Casal sigue permitiéndose cantar como si cada canción fuera la primera.
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