Macarena Martínez López. Violinista

"Lo mejor de la música es la comunicación con el público"

  • La intérprete sevillana se presenta ante el aficionado con un disco muy personal en el que ha registrado grandes obras para violín solo del repertorio, de Bach a Prokófiev.

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WORKS FOR SOLO VIOLIN (BACH, PAGANINI, YSAŸE, PROKÓFIEV). Macarena Martínez.

Su abuelo Amadeo López fue muchos años concertino de la Bética, y Macarena Martínez reconoce que eso influyó en su dedicación al violín tanto como la afición de sus padres, que la matricularon en el conservatorio a los 8 años.

-¿Y qué le atraía del instrumento, tan difícil para un niño?

-Me gustaba la sonoridad de la cuerda, los agudos, ese sonido tan lleno y a la vez brillante, virtuosístico del violín, tan polifacético.

-¿Cómo fue su formación?

-Estudié en Sevilla, en el Conservatorio y con profesores particulares. Creo que la base de mi técnica se la debo a una violinista rumana de la ROSS, Anca Bitan. Y luego me fui al extranjero. Para un músico es fundamental conocer otras tradiciones: estudié con Jörg Hoffmann en Friburgo, con Bezion Shamir en Rotterdam e hice cursos de perfeccionamiento, entre otros con Bretislav Novotny, que fue posiblemente el que más me marcó.

-¿Se siente discípula de algún profesor concreto?

-No he tenido nunca la sensación de haber encontrado al profesor definitivo. He ido pasando de uno a otro y he tratado de crear mi propia personalidad cogiendo de cada uno lo que consideraba mejor en cada momento.

-¿Tiene al menos algún modelo de violinista?

-De los antiguos me gusta mucho Henryk Szeryng, su sonido, su forma de hacer Bach, por ejemplo, que me parece tan moderna. Y de los actuales, sin duda Anne-Sophie Mutter, ese sonido tan característico, su vibrato, su idiosincrasia. Podrá gustarte más o menos, unos repertorios más que otros, incluso hay quien dice que es extravagante, pero es siempre ella, tiene su marca, su personalidad. Eso me encanta.

-Su carrera se orienta a tocar como solista. ¿No se planteó nunca tocar en orquesta?

-Cuando empezaba y estuve en la OJA y en la Joven Orquesta Nacional de España era una posibilidad, pero tras mis primeras experiencias en orquestas profesionales me di cuenta de que no me gustaba. Es un trabajo muy duro y no te realizas como músico tanto como haciendo música de cámara, que es lo que siempre me fascinó.

-¿Por qué cuesta tanto hacer música de cámara en Andalucía?

-Creo que el problema principal es que hay poca programación. Un grupo necesita tener una agenda de conciertos cercana, al menos para empezar. Y si quieres montar un cuarteto, antes de tocar en público tienes que invertir meses, quizás años para conseguir un sonido de calidad, y eso exige mucha disciplina y no es fácil encontrar gente con tus mismas expectativas y ambiciones. Lo he intentado, pero no todo el mundo está igual de implicado. Creo que el individualismo del andaluz puede influir también, lo mismo que ese complejo de inferioridad que no logramos quitarnos del todo: siempre nos parece que cualquiera que venga de fuera lo hace mejor que nosotros. Es una pena que algunos ciclos tan estupendos que había en Sevilla, como el de Cajasol, desaparecieran. La cámara te da una visión más completa y cercana de la música que asistir sólo al Maestranza a escuchar la orquesta o ir a la ópera, y tampoco es incompatible, claro, sino todo lo contrario.

-Es profesora de conservatorio. ¿Cómo ve la educación musical andaluza?

-Con luces y sombras. Lo bueno es que hay una extraordinaria red de conservatorios y muchos padres que quieren que sus hijos estudien música. Lo malo es que los recursos que tenemos están desaprovechados y que no somos capaces de crear público a través de la formación musical. Eso es un problema muy grave.

-Su dedicación como concertista es relativamente reciente, ¿qué la llevó a lanzarse a un mundo tan complicado?

-En tu casa no puedes ofrecer nada al público, que es lo que realmente me llena. Visto que lo de los grupos me resultó imposible, decidí hacerlo por mi cuenta. Y puede que el impulso comenzara con una investigación que hice dentro de un máster sobre violinistas sevillanos de finales del XIX y el primer tercio del XX. Me llamó mucho la atención que hubiera violinistas estupendos, como Luis Lerate, José Font de Anta, Fernando Palatín o mi propio abuelo. Muchos tuvieron gran reconocimiento en el exterior, pese a las dificultades enormes de la época. Y la existencia de esa tradición, tan poco conocida, me movió a intentarlo.

-¿Y cómo se le ocurrió la idea de grabar un disco?

-Me parecía un reto difícil e interesante, algo que me llenaba, y yo me dejo llevar mucho por esas sensaciones. Pensé además que era una buena forma de darme a conocer. Lo he hecho con mucho esfuerzo, pero encantada.

-La producción corre entera de su cuenta, supongo.

-Sí, por supuesto, lo grabé en un pequeño estudio que hay en El Coronil, Legalize Sound, y con Mario García, un ingeniero con el que ya había hecho una cosa anterior de música de cámara, y me daba mucha confianza.

-¿Por qué este repertorio?

-Llevo toda la vida estudiando estas obras, y quería hacer algo personal. Empiezo con la Sonata nº1 de Bach, música concebida de forma polifónica, con muchas dificultades musicales, también de afinación, pero yo quería tocar la fuga del segundo movimiento, que me encanta. Los tres Caprichos de Paganini me sirven para ofrecer una concepción diferente del instrumento, la típica del Romanticismo, el virtuosismo, la brillantez... La Sonata nº2 de Ysaÿe es el reflejo de la escuela belga y su idea de recuperar la polifonía de Bach para hacerla compatible con ese estilo más virtuosístico que hereda de los románticos. Y finalmente la Sonata de Prokófiev, la obra menos conocida del CD, pero la música rusa siempre me ha fascinado, y Prokófiev especialmente, con ese toque de danza tan peculiar.

-¿Qué es lo mejor que le ha dado la música?

-La comunicación con el público. Hay mucho trabajo técnico detrás, pero cuando lo tienes hecho, ese dejarte llevar por la inspiración en el concierto y sentir que puedes llegar a la gente y emocionarla es lo más bonito.

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