Una Bética más pulida y empastada

Orquesta Bética de Cámara | Crítica

Lara Sansón tocando como solista con la Orquesta Bética de Cámara y Michael Thomas
Lara Sansón tocando como solista con la Orquesta Bética de Cámara y Michael Thomas / Micaela Galván

La ficha

ORQUESTA BÉTICA DE CÁMARA

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Temporada 2025-26. Concierto 2. Solista: Lara Sansón, violín. Orquesta Bética de Cámara. Director: Michael Thomas.

Programa: Ascenso a la montaña

Robert Schumann (1810-1856) : Hermann und Dorothea Op.136 [c.1850-52]

Ralph Vaughan Williams (1872-1958): The Lark ascending [1914]

Frederick Delius (1862-1934): Two Pieces for Small Orchestra [1912]

Federico Mompou (1893-1987) / Michael Thomas (1960): Altitud [1982 / 2025]

Robert Schumann: Obertura, Scherzo y Finale [1841]

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Viernes, 23 de enero. Aforo: Media entrada.

El segundo concierto de la temporada de la Orquesta Bética de Cámara confirmó una evolución apreciable respecto al curso pasado, perceptible desde los primeros compases. Sin haber asistido al concierto inaugural, el avance resulta evidente en dos frentes decisivos para una formación de estas características: la afinación y el empaste. Sea por un ajuste de la plantilla, por una planificación más generosa de los ensayos o por una mayor estabilidad interna, el conjunto ofreció un sonido más asentado, con mejor integración de planos y una sensación general de trabajo colectivo mejor asimilado. Lara Sansón, concertino de la orquesta, había mostrado siempre una gran solvencia individual, pero con una sección de violines algo deslavazada a su alrededor. En esta ocasión, la mejora del bloque fue clara, lo que permitió que su doble papel –concertino y solista– se integrara con mayor naturalidad en el desempeño orquestal. Como solista, Sansón afrontó La alondra elevándose de Ralph Vaughan Williams con especial inspiración: fraseo amplio, sonido lírico y expansivo, riqueza de armónicos y una ornamentación de muy buen gusto, siempre al servicio del carácter contemplativo y pastoral de la obra. La línea flotó con naturalidad sobre el tapiz orquestal, bien sostenida y sin afectación, captando ese ideal de ensoñación suspendida tan propio de la pieza.

Altitud de Federico Mompou confirmó el ideal estético de la contención, un punto ascético, que atraviesa casi todo su catálogo. Es la de Mompou una música sin énfasis, apoyada más en la sugerencia que en el desarrollo del material. La intervención solística de Lara Sansón fue correcta y respetuosa con ese espíritu, aunque menos decisiva que en la obra de Vaughan Williams. El principal interés de la interpretación residió, en realidad, en la orquestación de Michael Thomas, especialmente lograda por su capacidad para trasladar al plano orquestal una escritura de raíz íntima sin desvirtuar su fragilidad. La transparencia de las texturas, el cuidado del color y la renuncia a cualquier densificación innecesaria permitieron que la obra respirara con naturalidad, haciendo del silencio y de la economía de medios elementos estructurales del discurso.

Las dos páginas de Frederick DeliusOn Hearing the First Cuckoo in Spring y Summer Night on the River– plantearon un reto distinto, más dependiente de la gestión de la tensión interna y del color. Hubo algún decaimiento, especialmente en la segunda pieza, en la que la fuerza expresiva del cromatismo tan caro a su autor tendió a difuminarse a medida que avanzaba, pero el impresionismo tardío de Delius estuvo razonablemente bien defendido en lo tímbrico, un aspecto fundamental de esta música, y lo hizo con destacadas participaciones de la flauta de Luis Orden, de sonido flexible y evocador, el clarinete de Antonio Salguero (¡el cuco!) y el violonchelo de Rosa García Varela, que aportó densidad expresiva y calidez en los pasajes más introspectivos.

El cierre con la Obertura, Scherzo y Finale de Robert Schumann mostró luces y sombras. Schumann escribió esta obra tras el éxito de su primera sinfonía, casi como un experimento orquestal más en busca de una segunda sinfonía, que a la postre se retrasó. La obra tiene aún ese impulso juvenil del compositor trasteando con su recién conquistado instrumento (hasta ese momento casi toda su música era para piano). La Bética le dio ese aire de exaltación adolescente de quien quiere comerse el mundo, enfatizando los contrastes, aunque el arranque en forte del Finale resultó un tanto abrupto y, más allá de su impacto inicial, prefiguró algunos desajustes y una cierta tosquedad en el tratamiento dinámico, que terminó por empañar, aunque no de oscurecer ni mucho menos, el cierre de un buen concierto. Ojalá presagio del crecimiento sostenido del conjunto.

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