Contención y emoción hasta el final
Pasión según San Juan | Crítica
La ficha
PASIÓN SEGÚN SAN JUAN
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Solistas: Rodrigo Carreto, tenor (Evangelista y arias); Lucas Mandilo, bajo (Jesús); Eunice Abranches de Aguiar, soprano (Criada y arias); Andreas Scholl, contratenor (arias), Hugo Oliveira, barítono (Pilato, Pedro y arias); Gustavo Luz, tenor (Siervo). Nova Era Vocal Ensemble (João Barros, director). Divino Sospiro. Director: Massimo Mazzeo.
Programa: Pasión según San Juan BWV 245 de Johann Sebastian Bach [1724]
Lugar: Cartuja Center Cite. Fecha: Lunes, 2 de marzo. Aforo: Un tercio de entrada.
El relato de la Pasión –ese “gran relato” de la civilización occidental en expresión de Eugenio Trías– se asienta en el drama. Si el drama se atenúa en exceso, algo esencial se resiente. En su lectura de la Pasión según San Juan de Bach (en su primera versión, la de 1724, la más habitual hoy en día) Massimo Mazzeo optó, sin embargo, por una vía de contención expresiva y refinamiento tímbrico que, aun sin alcanzar las cimas más descarnadas de la obra, terminó por ofrecer momentos de apreciable emoción y un resultado global más que notable.
El arranque fue titubeante. El Nova Era Vocal Ensemble, una formación joven de una veintena de voces, mostró cierta falta de empaste y pulso en el gran coro inicial, y los primeros coros de turba sonaron faltos de tensión y definición, especialmente en una cuerda de bajos por momentos inaudible. No obstante, el conjunto fue creciendo de manera evidente a lo largo de la velada. A medida que avanzaba la narración, el coro ganó afinación, equilibrio y contraste dinámico, hasta firmar pasajes de notable delicadeza –como el “Ruht wohl” conclusivo–. Los corales fueron también excelentes (mucho más profundos), lo mismo que los coros fugados en la escena del juicio ante Pilato. Esa amplia escena central, auténtica clave de bóveda de la partitura, quedó resuelta con mayor intensidad dramática; los “Kreuzige” (“Crucifícalo”) alcanzaron aquí una contundencia muy superior a la del inicio, sin llegar a lo brutal ni a lo truculento de versiones más impactantes, pero sí con una energía más intensa.
Divino Sospiro ofreció muy buenas prestaciones. Me gustó especialmente la plasticidad del bajo continuo –con dos violonchelos, contrabajo, órgano, clave, laúd y fagot usados de forma muy flexible–, que se desplegó con amplitud y una minuciosa atención al detalle. Hubo hallazgos expresivos de gran eficacia, como el violonchelo evocando los azotes o el estremecedor efecto del terremoto. Especialmente conmovedor resultó el acompañamiento casi suspendido del laúd en solitario junto al Evangelista pronunciando en pianissimo “Und neiget’ das Haupt und verschied” (“E inclinando la cabeza, entregó su espíritu”), un instante de extrema unción. Las maderas brillaron con luz propia –flautas y oboes de sonido dúctil y afinadísimo–, y los violines resolvieron con elegancia la ausencia de viola d’amore en “Erwäge”, tocando con sordina para crear el clima requerido.
Entre los solistas, el tenor Rodrigo Carreto asumió el rol del Evangelista con línea lírica, claridad y una implicación constante, inclinándose por una expresión más contemplativa que teatral, coherente con la visión de Mazzeo. Pero por si el trabajo de sostener la narración del relato evangélico no fuera suficiente, afrontó también la interpretación de las dos arias que el tenor tiene en la obra. En ellas mostró una musicalidad y un buen gusto excepcionales, aunque se echó en falta una articulación más incisiva y acentos de mayor relieve retórico. El Jesús de Lucas Mandilo fue correcto y digno, si bien algo falto de profundidad en el registro grave, lo que restó nobleza y peso simbólico al personaje. Muy distinto fue el impacto del barítono Hugo Oliveira, que compuso un Pilato de gran flexibilidad y convicción, y destacó tanto en en sus arias como sus ariosos. La soprano Eunice Abranches de Aguiar brilló en sus dos arias, particularmente en “Zerfließe, mein Herze”, en la que desplegó un canto expresivo y bien sostenido sobre un acompañamiento de gran delicadeza.
La presencia estelar era, en cualquier caso, la del contratenor Andreas Scholl, que ya había colaborado con Mazzeo en Sevilla en el Femàs de 2022, en un programa que combinó a Bach con Vivaldi en el Espacio Turina, un espacio por dimensiones y acústica más amable con sus medios. Su primera aria, “Von den Stricken meiner Sünden”, lo mostró algo frío, con dificultades para que su voz se proyectase con plenitud en la enorme sala del Cartuja Center. Muy diferente fue el resultado en la sobrecogedora “Es ist vollbracht”, donde encontró la concentración expresiva y el aliento necesarios, en diálogo con una viola da gamba obligada de notable desempeño, logrando uno de los momentos más intensos de la noche. La propuesta de Mazzeo, en suma, privilegió la finura sobre el arrebato. No fue una Pasión de aristas cortantes ni de dramatismo exacerbado, pero sí una lectura coherente, trabajada en los matices y capaz de conmover cuando la arquitectura interna de la obra alcanzó su punto de máxima tensión.
Y queda por comentar el contexto del concierto, inserto en una gira por España. Una partitura de la densidad teológica y literaria de esta, exige sobretítulos –incomprensiblemente ausentes– que permitan al público seguir el relato con precisión: la retórica bachiana impregna cada frase del Evangelista, cada verso de los corales, cada matiz de las arias, cada grito desgarrado de las turbas. Si no sabes lo que dicen, te pierdes la mitad de la obra. Así de simple. Resultó igualmente llamativa la falta de programa de mano, una práctica cada vez más extendida y difícilmente justificable en el ámbito de la música clásica. Pero es que ni siquiera la web de la empresa promotora ofrecía la nómina de los solistas instrumentales (de los nombres de los coralistas ya ni hablamos). Ofrezca usted un producto musical de un potencial tan soberbio como este, emplee medios notables para su interpretación, pero si falla en los detalles la experiencia del espectador quedará irremediablemente rebajada.
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