Una reflexión sobre la pintura
Arte
'Ventanas', de Felipe Candel. Galería Félix Gómez, calle Morería, en Sevilla. Hasta el 7 de noviembre
Lienzos silenciosos, surcados por bandas horizontales de pintura que a veces superponen sus bordes y que en cualquier caso dejan ver la brillantez del color que ellas mismas ocultan. Así sería la descripción de urgencia de esta muestra de Felipe Candel (Sevilla, 1957) que, a primera vista, sigue el legado del crítico norteamericano Clement Greenberg.
La pintura, decía Greenberg, llega a su madurez cuando toma en serio su lenguaje y sus medios, es decir, el pigmento, el color y sobre todo la bidimensionalidad. La tradición pictórica creaba la ilusión de la profundidad, establecía una tercera dimensión, y en tal sentido imitaba al teatro. Pero la pintura no tiene necesidad de este préstamo: se basta a sí misma con sus dos dimensiones. Candel se atiene al desafío que encierran esas ideas de Greenberg. Su pintura se limita a la bidimensionalidad del lienzo para construir en ella un trabajo lleno de suaves cadencias rítmicas, sugerentes matices de color y una acusada diferenciación de texturas.
Los ritmos se separan de la geometría: son suaves ondulaciones, como si el pintor hubiera seguido a la vez las indicaciones del ojo y las incitaciones del cuerpo: son producto del gesto. El color y la textura responden a un venerable recurso del lenguaje pictórico: la veladura. Como hicieran los antiguos pintores, Candel acumula pintura sobre pintura. Tradicionalmente la veladura buscaba organizar el espacio tridimensional: acentuar el relieve de las cosas a la vez que suavizaba sus aristas, literalmente envolvía las figuras construyéndolas con diversos matices de luz. Candel, evidentemente, no la utiliza en esa dirección, sino que la emplea para que el color vaya surgiendo de mil formas distintas a traves de las capas acumuladas a la vez que muestra la naturaleza de la pintura: la materia del pigmento.
Por eso, el título genérico de la serie, Ventanas, que también lo es de la exposición, es adecuado. Porque sin duda estos cuadros, en los que la materialidad del pigmento y la contingencia del gesto contrastan con la rigurosa geometría del rectángulo del lienzo, tienen algo de ventanas. No se abren, como en el pasado, a la ilusión de un paisaje inexistente, sino, sencillamente, a las posibilidades de la pintura.
Al actuar así, Candel se aleja de las propuestas de Greenberg. Sus cuadros no se limitan a cultivar la forma para sugerir al espectador una experiencia poética, sino que encierran a la vez una reflexión sobre el alcance de la pintura en una cultura como la nuestra que multiplica las imágenes, los efectos y los impactos. Este carácter reflexivo, que ya poseía la obra de Candel desde su primera exposición en la galería Buades a inicios de los años 80, se subraya ahora con estas formas a la vez densas y voluntariamente contenidas.
La pintura es hoy un arte rico y difícil. En su larga historia ha sedimentado numerosos recursos pero está condenada a vivir en presente. Desechar el tópico y explorar sin cesar nuevos caminos -en apariencia por modestos- es la tarea del pintor. Eso hace, a mi juicio, Felipe Candel: ampliar tentativamente los registros de la pintura.
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