Toteking | Músico "Hablar con Vila-Matas me estimula más que una colaboración con Jay-Z"

  • El rapero sevillano debuta en la literatura con 'Búnker. Memorias de encierro, rimas y tiburones blancos', un divertido, hondo y sincero libro que escribió en pleno duelo por la muerte de su padre

Manuel González Rodríguez, Toteking (Sevilla, 1978). Manuel González Rodríguez, Toteking (Sevilla, 1978).

Manuel González Rodríguez, Toteking (Sevilla, 1978). / Juan Carlos Muñoz

Dice Manuel González Rodríguez (Sevilla, 1978), más conocido como Toteking, o Tote, a secas, que aprendió a rapear observando a su padre lanzarle sus ácidos e ingeniosos improperios al televisor mientras veía partidos de baloncesto con el sonido quitado para no escuchar las bobadas de los comentaristas. Es una exageración, claro, pero no de las más excesivas. Y esto lo comprenderá todo lector de Búnker. Memorias de encierro, rimas y tiburones blancos (Blackie Books), el estreno literario al que él, lector exigente y compulsivo, tanto se ha resistido, paralizado por su enorme respeto a la escritura. El empujón definitivo se lo dio Enrique Vila-Matas, autor del prólogo del libro, con el que hace unos años comenzó una correspondencia que hoy es ya una forma de amistad.

Tote descubrió al escritor barcelonés en sus años de estudiante de Filología Inglesa. Andaba un tanto cansado de las Grandes Lecturas Canónicas –ya en aquellos tiempos, en los que se dejaba aconsejar por Harold Bloom, sentía que le atraían mucho más las de su padre, devoto de Le Clezio, Rulfo o Coetzee– e Ignacio Guijarro, profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana de la Universidad de Sevilla (autor por cierto de la estupenda antología Fruta extraña: casi un siglo de poesía española del jazz), que ya se lo había ganado hablándole de slang poetry y de las películas de Spike Lee, le dijo que había escuchado su música y estaba convencido de que el autor de Bartleby y compañía, Suicidios ejemplares o París no se acaba nunca le iba a encantar.

"Desde entonces me he leído no sólo toda su obra, sino prácticamente todos los libros de los que habla", reconoce Tote, que por azar –la historia, larga y sin desperdicio, la cuenta en el libro– averiguó el correo electrónico de Vila-Matas y después de un mes borrando y reescribiendo el mismo texto, comido por los nervios, intimidado por el prestigio del hombre que le cambió "la manera de leer", por fin se atrevió a escribirle. "Hablar con él, esta correspondencia que tengo con él, me parece más estimulante que conseguir una colaboración con Jay-Z. Un día Enrique me dijo que le echara huevos y escribiera un texto. Yo no lo veía, porque hago rap, sí, pero la literatura es otra cosa... Aun así, él logró quitarme ese miedo. Me dijo: para arrancar, piensa en una certeza, en la verdad con más fuerza que conozcas, y entrégate a eso. Me acordé de una de las experiencias más fuertes de mi vida, cuando me fui a Sudáfrica a nadar con tiburones blancos. Le mandé un texto sobre aquel viaje y Enrique me dijo sigue, sigue. Y yo pensé: si lo dice don Enrique, mi máxima autoridad literaria... Yo no sabía ni siquiera los recursos que tenía para escribir. Y después de 22 años limitado al patrón de una instrumental, esclavizado por un determinado ritmo de batería, escribiendo el libro sentí una liberación absoluta".

"Tenía una rabia enorme por la pérdida de mi padre; ahora creo que he entendido que la vida es como es y punto"

Es difícil definir Búnker porque es varias cosas a la vez, una miscelánea que reúne anécdotas de su carrera, de sus giras, de sus comienzos, pasajes casi ensayísticos sobre la música y la escritura, pequeñas estampas sueltas en las que el rapero, con mucha viveza, parece querer atrapar o fijar algunos momentos de plenitud y alegría... Aunque tal vez los pasajes más valiosos del libro sean aquellos en los que Toteking explora su memoria sentimental y familiar, con la figura del padre, fallecido hace tres años a causa del cáncer, atravesando como un protector soplo de amor y admiración muchísimas de las páginas del volumen. "El libro empieza con una rabia enorme, que es la que llevo arrastrando varios años, desde que mi padre enfermó", dice el rapero sobre esta obra que se lee, al llegar a su final, como una honesta y rotunda catarsis.

"Cuando enfermó no tenía ganas de ver a nadie, no cogía ni el teléfono, y si ya antes leía mucho, desde entonces apenas salía de casa, y cuando lo hacía era porque no tenía más remedio: iba a entrenar, a actuar, y volvía lo antes posible a mi casa para estar con mi novia y leer, leer, leer, obsesivamente. Me dije a mí mismo que no iba a perder más tiempo con gente por no quedar mal, o sea, por compromiso, porque siempre estaba pensando: ¿y si mañana el que se va soy yo? Cuando terminé el libro me di cuenta de que, en efecto, había en él un viaje emocional, cuando me paré a ver el libro en su conjunto, dos años después de haberlo empezado, vi que de algún modo fui sanándome un poco conforme iba escribiendo. De hecho, el libro termina con esperanza, incluso con alegría, desde luego seguro que con sosiego, como si hubiera entendido que la vida es como es y punto. Hoy me siento totalmente como un relevo de mi padre, y eso a mí me reconforta", confiesa el rapero.

"Tengo la duda de si me he vuelto un viejo cascarrabias o es que antes realmente la gente era menos idiota"

En una persona con trastorno obsevivo compulsivo diagnosticado y medicado –el capítulo que dedica a contar su experiencia es tan divertido como angustioso–, los rituales son importantes. En el que eligió para sentarse a escribir el libro estaba siempre la música del Kind of Blue de Miles Davis, el único disco que su padre nunca dejó de escuchar una y otra vez en un hogar donde la melomanía corría a cargo de la madre, dueña de una colección de discos, dice Tote, que era "la envidia del barrio". "Con ella sentía la música como nunca he vuelto a sentirla cuando me ponía discos de los Rolling Stones y de Pink Floyd. Cuando empezamos con el rap, algunos de mi quinta como Acción Sánchez [de SFDK] y Randy me pedían vinilos de ella para samplearlos... y algún cabrón no los devolvió nunca", se ríe.

"Mi familia lo es todo para mí. Mi padre era sobre todo lector y mi madre, que también leía mucho, era más de la música. Entre los dos había en casa una colección gigante de libros y discos, y yo me lo pasaba tan bien en casa, me divertía tanto con ellos, que me costaba salir de casa. O sea que realmente yo siempre he estado en un búnker. Fui un niño normal, tenía amigos, salía, jugaba al baloncesto, tengo mucha calle, pero de pequeño me sentía tan estimulado en casa que mis amigos para sacarme de allí a veces tenían que arrastrarme".

"La ostentación es la cosa más hortera del mundo, pero durante un tiempo yo fui eso, un hortera con algo de pasta"

Si al acabar el libro Toteking sintió que se había desembarazado de la rabia y de su gigantesco enfado con el mundo, que estaba más en paz con todo, ese mismo sentimiento de liberación puede aplicarse también a su relación con el rap. "Soy un turista que descubrió el hiphop por curiosidad y se quedó a vivir en él porque no encontró un lugar mejor para establecerse", escribe en la primera página este rapero tan capaz de tirarle un vacile con un ra-ta-tá de vértigo a los cachorros altivos que no guardan el debido respeto a los mayores, como de dudar con íntima crudeza de que sus esfuerzos tengan algún sentido, veta esta última de la que la canción Bartleby & Co., de su último disco, Lebron, se ha convertido en un clásico instantáneo dentro de su obra.

Mucho más adelante, llegando ya a su final el libro, el asunto ha cambiado. "Decía Julio Ramón Ribeyro que después de vivir veinticinco años en París no sabía explicar qué le gustaba de aquella ciudad. Lo único que tenía claro era que ese lugar era algo suyo, tan suyo como los pulmones o el páncreas, pero trascendía a toda explicación posible. Es así como yo entiendo la música, el rap, mis canciones: no comprendo cómo o por qué he escrito tal tema (...) tampoco comprendo la mecánica que me impulsa a seguir desarrollando todo esto (...) Sin embargo, sé que todo esto es mío. La música es ese lugar que no sé explicar pero que siento tan mío como los pulmones o el páncreas".

De modo que después de estos años extraños, de bloqueo y dudas inclementes rebotando en su cabeza, escribir el libro ha llevado a Toteking a sentirse "en un buen momento" también con respecto a la música. "Las canciones nuevas que tengo y que han convivido con la creación del libro me encantan", asegura el músico, que reconoce que se ha sentido –que se sigue sintiendo a veces– algo fuera de lugar en la actual escena del rap. Una extrañeza, añade, con la que suele convivir la "gente que se va haciendo mayor". "Pero al mismo tiempo yo creo que tal vez no sea tanto el rap lo que ha cambiado como el mundo –dice Tote–. O quizás no sea el mundo y seamos nosotros. Tengo esa duda. No sé si es que me he hecho un cascarrabias o es que realmente antes la gente era menos idiota. Ahora, por ejemplo, se aplaude la moda de tirar billetes al aire, algo que en mi época se castigaba como un gesto feo y hortera. No quiero quedar de viejo pesado, pero la relación no sólo con el rap sino también con el mundo cada vez me cuesta más".

"A Sevilla la quiero con locura, pero es una ciudad que tiende a reírse de lo que no entiende, y esa es una actitud muy cateta"

La cuestión es que él mismo ha hecho alguna vez ese gesto de tirar billetes al aire, y al hacerlo, dice, ha pensado que "estaba deshonrando" a sus padres, que no lo educaron para ser el "auténtico hortera con algo de pasta" en que se convirtió durante un tiempo. Se refiere a sus años de mayor éxito, cuando después de Un tipo cualquiera (2006), su "mejor disco", una verdadera piedra de toque del rap nacional que los años no han desgastado ni un ápice, empezó a ganar dinero a espuertas y él no supo gestionarlo. Hay muchos libros de músicos, y comienza a haber también ya muchos libros de raperos, pero Búnker es, por la franqueza, por las críticas despiadadas a su propia obra y a su propia figura pública, harina de otro costal. "Es un ejercicio sano, ¿no? Nunca hay que tener miedo de decir: mira, sí, la ostentación es la cosa más hortera del mundo, y yo caí en eso, por inseguridad o por lo que fuera. Pero es lamentable que cuando alguien te ataca tu único argumento sea decir: que te jodan, tengo más pasta que tú".

En otro pasaje apunta a propósito de Sevilla, sobre la que escribe mucho en el libro, o más bien sobre los sevillanos profesionales: "Tuve que hablarles en el idioma del dinero y la conquista, porque no hubiesen comprendido el lenguaje de la pasión". "A mi generación [de raperos] le tocó comerse un marrón gordo", dice. "Y sí, mira, claro que fue divertido vengarme de esa Sevilla, de la Sevilla que se reía de mí porque iba con gorra, con sudaderas XXXL de esas que parecían chilabas. Es una ciudad a la que en muchos otros aspectos quiero con locura, pero le cuesta comprender que hay otras formas de expresarse; y como le cuesta, se ríe, pero reírse de lo que no se entiende es una actitud muy cateta. Todo eso, cuando era joven, me hizo tenerle un odio cerval a la ciudad. Me parecía un club precioso cuyos socios eran todos unos gilipollas. Después crecí y cambió la cosa. Ahora es diferente, estoy más relajado", reflexiona.

Y hay una prueba particularmente significativa de que verdaderamente lo está: pese al desapego que suele sentir hacia su propio trabajo –"muchas veces, antes siquiera de terminar un disco, ya hay dos o tres canciones que odio"–, este libro le parece "lo mejor que he escrito nunca".

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