Análisis

francisco andrés gallardo

Craviotto

El policía no tenía que demostrarnos nada, pero lo ha confirmado todo

Masterchef parece ir de cocina pero como sucede en los talents que escapan de regodearse en el conflicto, el programa realmente trata de la responsabilidad, de la superación y el gusto por contemplar lo bueno, lo malo o lo peor de las destrezas y las actitudes de los participantes. Pueden remedar a Berasategui o pueden intentarlo por Jean Paul Gaultier, ya que el próximo espacio similar en La 1, también de Shine, va de costura.

En los talents hay tipos reconocibles de nosotros mismos o de nuestro entorno y también hay gente realmente admirable como es el caso de Saúl Craviotto, el ganador de esta tanda entre famosos. El menos famoso ha sido el más ejemplar aunque hay que volver a insistir en el gran nivel de esta edición. El policía y piragüista, con cuatro medallas olímpicas (más laureado que todo el deporte español durante los años de Franco), no tenía que demostrarnos nada, pero lo ha confirmado todo. Iba a por el oro y con esa tenacidad de los deportistas que se retan a sí mismos ha desgranado un recital de aprendizaje y esfuerzo. Que dicho así parece fácil, pero no deberíamos perder la capacidad de asombro ante esas personas que son capaces de hacer bien las cosas sin hacer alharacas. Sin perder de vista que estaba ante una cámara, Craviotto ha ido a lo suyo, que era aspirar a ser el mejor sin tirar a nadie al barro. Se agradece el ejemplo.

La edición parecía marcada por el tono de los cómicos, pero han vuelto a demostrar que tras las muecas de caricatos hay también una dosis humana de trabajo y formalidad. Corbacho, Edu Soto, Anabel Alonso y hasta la histriónica Silvia Abril (una mujer cuerda que se disfraza de loca) demostraron que la guasa se viste de seda.

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