La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Un capitán general con valores

Cualquier sociedad necesita los valores del Ejército: esfuerzo, disciplina y compañerismo

SEVILLA es una ciudad a la que le gusta sentir próximos al alcalde, al arzobispo y al capitán general. Es un rasgo característico de la urbe. El prelado de otras capitales no tiene la importancia que el de aquí. Será porque Sevilla goza de la fuerza de la historia, por haber sido la diócesis más extensa que haya habido nunca. Será por su tradicional vinculación con la púrpura. Llevamos doscientos años con arzobispos cardenales. Será por el gran eco de las manifestaciones de la religiosidad popular. El Ejército goza en Sevilla de un predicamento que ya se quisiera en otras plazas. La ciudad despide hoy a un capitán general que cayó de pie en Sevilla. El teniente general Juan Gómez de Salazar, que en realidad es el jefe de la Fuerza Terrestre aunque se le siga llamando capitán general, se marcha dejando un estilo personal poco usual en los tiempos que corren. Hoy viste poco ser y comportarse como un señor, quizás porque la sociedad encumbra al pillo, al aficionado al ardid, al trilero, al correcaminos que alcanza una meta de baja estofa en poco plazo y, por supuesto, al astuto que pega el pelotazo de una primavera rápida que siempre acaba en un verano corto.

La Sevilla más cálida se reúne hoy en torno a la figura de un militar, de un alto cargo de ese Ejército que representa los valores que nunca caducan y que son los realmente necesarios para garantizar el correcto desarrollo de la sociedad: el compromiso, la disciplina, el esfuerzo, el compañerismo, la lealtad, la valentía... Este cóctel se puede aplicar a cualquier ámbito y siempre, siempre, ofrecerá un buen resultado. El Ejército despide en Sevilla a un señor que supo entender a la ciudad, lo que muchos que vinieron de fuera no consiguieron nunca ni contratando a asesores de imagen. A don Juan lo hemos visto de campaña, de gala, de traje con corbata y hasta de esmoquin. Ha estado con los Reyes y con la tropa, preocupado por el futuro de quienes dejan el Ejército a los 45 años y se quedan al relente. Ha hablado de política en público y hasta de los sucesos de la Madrugada en las tertulias privadas sin ser plúmbeo y sin pisar nunca la raya de picadores de la imprudencia. Don Juan dejará la Capitanía General, pero no la ciudad.

Ambos se han entendido a la perfección. Siempre lo recordaremos con el esmoquin del que un día nos confesó su procedencia: "Era de mi padre". Y nos atrevimos a corregirle el tiempo verbal: "Es de su padre, general. Es de su padre". Y don Juan sonrió y asintió. Sabía perfectamente que Sevilla es la ciudad de la Esperanza. Y la Esperanza acompaña siempre a los sevillanos de cuna y de adopción.

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