Mi Alicia de Larrocha

28 de septiembre 2009 - 01:00

CUANDO la ciudad se nos hacia presente en Tánger a través del Sevilla de Albéniz que servía de sintonía a Radio Sevilla, era ella quien lo interpretaba. La primera vez que oí a Granados, ella lo interpretaba en sus grabaciones para Decca e Hispavox de los años 50 y 60. La primera vez que oí la Sonata Sanlúcar de Barrameda de Joaquín Turina fue en su grabación para Hispavox de 1965. Era la gran, discreta, genial y maravillosa Alicia de Larrocha. Mejor dicho, era mi Alicia de Larrocha, la que ahora recuerdo con cariño agradecido; porque la Alicia de Larrocha de todos, la pianista de fama mundial, había nacido al público español cuando dio su primer concierto en la Exposición Universal de Barcelona -sólo con seis años, siendo necesario añadir unas calzas a los pedales para que pudiera tocarlos-; había dado sus primeros conciertos con orquesta en 1934 (Barcelona, con el maestro Lamote de Grignon) y en 1936 (Madrid, con el maestro Arbós); había conquistado Europa a partir de 1947 y saltado a los Estados Unidos en 1954, cuando hizo su primera gira de conciertos americana con el maestro Wallenstein y la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles. Justo ese año el público mundial la empezó a conocer también a través de las grabaciones discográficas que inició con la de Iberia para el sello Decca.

Alicia de Larrocha dio vida a los más grandes músicos del pasado, desde Bach al Granados que no llegó a conocer a causa de su trágica y temprana muerte, y del presente, desde el Joaquín Turina que tanto la ayudó a los grandes maestros contemporáneos como Mompou o Francis Poulenc, con quien interpretó el estreno español de su concierto para dos pianos en 1950. Pero ya han leído, oído y visto ustedes en todos los periódicos, radios e informativos televisivos lo esencial de la apasionante y afortunadamente larga vida de Alicia de Larrocha que, si dio su primer concierto en 1929 e hizo su debut formal en 1934, dio el último en 2003 con 80 años.

España, Soler, Granados, Albéniz, Falla, Turina o Mompou -entre otros- tienen contraída una deuda impagable con ella, verdad sonora de lo mejor de nuestro país cuando la mediocridad lo sofocaba. "Oír, conocer y tratar a Alicia de Larrocha ha sido una de las grandes satisfacciones que me ha dado la vida", ha escrito Paloma O'Shea, presidenta de la Fundación Albéniz, con motivo de su fallecimiento. Uno, más modesto, sólo ha hecho lo primero: oírla. Eso me basta para guardar para siempre memoria agradecida de esta grandísima pianista que, con sus pequeñas manos, fue capaz de abarcar como pocos la casi inaccesible cumbre de Iberia.

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