La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La Isla

Miedo da pensar qué negocio franquiciado abrirá donde estaba todo un clásico de la hostelería

En las mesas redondas del interior, vestidas con un grueso mantel rosa, cenaban el canónigo Francisco Gil Delgado, el único que emitió un voto por escrito contra la operación de venta del Palacio de San Telmo, y el abogado Pepe Torres Bohórquez, atendidos por Manolo el Gitano. En el salón comedor, en la mesa que estaba justo debajo de la escalera, se dejaba ver Manuel Ruiz de Lopera, que antes de sentarse elegía el pescado en la vitrina de la barra tras la que los hermanos gallegos velaban por el negocio, unas veces cortando el queso y otras seleccionando los mariscos. En la terraza de fuera era muy habitual saludar a Enrique Merino, Francisco Hermosilla, Joaquín Moeckel... Los días grandes de Navidad te encontrabas en la barra con Alejandro Rojas-Marcos y su guardia pretoriana. Otros días del año a don Manuel Olivencia, con su inconfundible abrigo azul, tomando un aperitivo rápido, o a la empresaria Fina Burgos, fiel vecina del Arenal, al frente siempre de esa zapatería donde los niños se prueban el calzado nuevo para el colegio o para salir de monaguillos. Aquella Isla cerró, pero la recuperamos gracias al empuje de Emilio Guerrero (de casta le viene al galgo), que arriesgó para su reapertura. Y Emilio nos regaló una prórroga de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Fue como el matador que se encierra en solitario y solicita un sobrero a costa de su bolsillo. Emilio lo pidió al palquillo del riesgo, se lo concedieron y disfrutamos del establecimiento una temporada más. La última vez que probé su ensaladilla fue una noche de la pasada cuaresma junto al abogado Pedro Molina de los Santos. Todavía no se habían suspendido las procesiones de Semana Santa, pero ambos, como si fuéramos dos brujos, comentamos la melancolía que marcaba el ambiente. Veníamos de una reunión celebrada en la hermandad que nos une, aunque nos unen muchas cosas más. En el centro se mascaba ya la tragedia. A los pocos días sobrevino el estado de alarma, la España confinada, los miles de muertos, las caceroladas, los políticos tirándose unos a otros títulos nobiliarios y mentándose los padres, y toda una ristra de infortunios. Y cómo no: la lista de los otros caídos de esta pandemia, el rosario de negocios que no reabrirán porque no pueden resistir el pago de alquileres elevados. A este paso no habrá bares donde aliviar tanta pena. Se lo preguntaba recientemente Pepe Cantalejo, empresario del sector, otro habitual de la Isla junto a Manuel Marchena: "¿Cuándo tendremos de nuevo un público con capacidad para pagar una merluza fresca?". Una ciudad no se entiende sin sus bares. Algunos en La Isla han celebrado cumpleaños y encontrado consuelo por la muerte de un ser querido. Gracias, Emilio, por haber pedido ese sobrero.

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