Azul Klein

Charo Ramos

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Con Joselito

El hijo de la mítica bailaora Gabriela Ortega tuvo un don para el flamenco que cruza su vida con otras anónimas

En este año en que se conmemora el primer centenario de la muerte de Joselito el Gallo en Talavera, en mi casa recordamos algunos años atrás, cuando el hijo de Gabriela Ortega Feria -una de las grandes flamencas gaditanas- frecuentaba las haciendas de Medina Sidonia y las pedanías de Jerez, donde había debutado en la adolescencia. Que el flamenco es patrimonio de la humanidad lo dice una declaración desde hace una década pero en muchas familias esa singularidad entronca con alguna rama de nuestra historia personal desde hace más de un siglo, a veces agazapada entre otras vivencias que forjaron con mayor contundencia nuestro carácter.

Debido al cierre perimetral de Sevilla y el resto de las provincias, al no poder vernos ni abrazarnos, desafiamos la nostalgia compartiendo recuerdos y fotografías, y así nos vamos encariñando con esas memorias que se remontan a los años previos a 1920. Porque a estas alturas, a mediados de noviembre de principios del siglo XX, mi bisabuela Mariana estaría engordando pavos en su campo para sacar adelante a sus once hijos. Pavos que se paseaban entre alcornoques y álamos negros durante el día y que, un mes después, acabarían en la cena de Nochebuena de sus vecinos. A ese centenar de pavos, en un contexto rural complicado, fiaba Mariana parte de sus esperanzas. También criaba piaras de vacas pero en invierno eran los pavos los que aseguraban el porvenir de la familia mientras que su esposo tal vez estaba en casa, y tal vez no. Durante mucho tiempo para sus bisnietos urbanitas fue un enigma, opacado por la figura referencial de su esposa, que le sobrevivió muchos años. Pero ahora, en el centenario de Gallito, hemos sabido que a veces desaparecía porque el torero, que siempre amó el flamenco, le llamaba para acompañarlo a él y al Bizco Pardal en las tientas y posteriores fiestas por nuestra comarca. Lo mismo cantaba que tocaba la guitarra pero, sobre todo, a José Romero se le recuerda por su gracia para los chascarrillos, habilidad en la que pudo rivalizar con el Bizco. Aquel mundo de coplas y picaresca, de cantiñas y romances de viejo, de pavos que se engordaban para las mesas ajenas, nos acerca a los días en que Joselito, antes de morir a los 25 años, se paseaba feliz por la ruta del toro y apreciaba aquel buen flamenco al que le aficionó desde niño su madre, la señá Gabriela, bailaora y cantaora de renombre a la que un azulejo recuerda en el barrio gaditano de Santa María. El que muchos consideran el mejor torero de todos los tiempos tuvo un don excepcional para el cante jondo y vale la pena aprender también de esa faceta en la biografía de Paco Aguado Joselito el Gallo. Rey de los toreros que acaba de reeditar con mimo el sello El Paseo.

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