Mikel y Miguel

Mikel, hijo de Carlos Iturgaiz, es un joven discreto y valiente que no se achanta ni se deja impresionar por los radicales

Mikel. El día que ETA mató a Miguel Ángel Blanco, mientras el Gordo Otegi estaba con su familia en la playa, "como un día normal", Carlos Iturgaiz prometió a Consuelo Garrido que el hijo que esperaba su mujer se llamaría como el que los terroristas acababan de arrebatarle. Mikel nació a las pocas semanas en el Hospital de Cruces, rodeado de escoltas. Nunca se implicó en política ni quiso protagonismo público. Sin embargo, un episodio desagradable -las amenazas sufridas mientras jugaba un partido de fútbol en Guernica- le ha sacado del anonimato. Su respuesta ha sido tajante: "No voy a consentir que me acosen por ser hijo de Iturgaiz". Mikel es un joven discreto pero valiente, de los que no se achantan ni se dejan impresionar por el despliegue violento e intimidatorio de los radicales. Un futbolista aficionado y socio del Athletic al que quieren quemar vivo por ser hijo de un político del PP. Ha recibido muchísimas muestras de apoyo; los clubes vascos de primera y sus jugadores, de momento, callan.

MIGUEL. Yo estudié en un colegio del Opus del que me acabaron echando -temporalmente- por reprocharle a un profesor que festejara la muerte de Tierno Galván. Don Mateo era un alevín de carca que una mañana de enero se presentó en clase con la noticia de que el alcalde de Madrid se estaba, por fin, "pudriendo en el infierno". A mí aquello me pareció poco cristiano y no dudé en recriminárselo. Y, claro, me mandaron a mi casa una semana por rojo y por enterao. En aquel colegio ultracatólico oficialmente no había alumnos ni profesores gays. Pero los había, aunque nosotros, machotes de la burguesía local, apenas reparáramos en ellos e hiciéramos bromas patosas que, imagino, les sentarían como un tiro. Uno de ellos, Miguel, es ahora abogado y se marchó discretamente del grupo de Whatsapp de antiguos alumnos del colegio el día que uno de los más fachas de mi clase se puso especialmente pesado con no sé qué de los maricones. Recuerdo que le mandé un mensaje pidiéndole disculpas por nuestra falta de tacto, al que respondió con su habitual educación. Hace unos días me lo encontré en la terraza de un bar y me invitó a sentarme con él. Pasamos un buen rato hablando de la Eurocopa y de Pedro Sánchez; me comentó también algo de una casa en Portugal donde va en verano con su chico. Cuando nos despedimos pensé en cuántos como él han salido adelante, con valentía y dignidad, a pesar de neandertales como nosotros.

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