Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Desde Rusia con pavor. San Petersburgo, una de las ciudades más bellas de Europa, da la bienvenida a las contradicciones de Sevilla, expuestas ante la asamblea anual de la Unesco sobre el Patrimonio de la Humanidad, con representantes de todos los estados acreditados ante dicho organismo de Naciones Unidas, que en esta materia tiene un comité ejecutivo compuesto por 21 países, desde Francia, Alemania, Suiza o Japón, a Camboya, Mali, Etiopía y Qatar. El mercadeo de votos sale más barato que en el COI para elegir ciudad olímpica. Cualquier diplomacia de pasillo, o de restaurante con caviar, tirará por la calle del pasteleo. Incapaz de explicar racionalmente que el hispalense debate entre pasado y futuro consiste en comparar la modernidad conceptual de la Giralda con el conservadurismo de un rascacielos que ya existe en Bilbao.
El honor político de Sevilla, cuyo alcalde está a la vez a favor y en contra de la mole, se va a dilucidar en los salones del Palacio Tavritcheski, construido en el siglo XVIII por el príncipe Potemkin-Tavritcheski, favorito de Catalina II la Grande. Allí tuvieron lugar las sesiones de la Duma, el oligárquico parlamento que fue abolido por la revolución bolchevique. La delegación sevillana puede llegar a dicho palacio andando desde la estación de Metro de Ploschad Alexandra Nevskogo. Y en la colosal monumentalidad de un casco antiguo inmenso y deslumbrante, por cuyos valores arquitectónicos, urbanísticos e identitarios no se pelearon siquiera los soviets y los zaristas, quizá alguien de la comitiva de Zoido, durante las Noches blancas de la próxima semana, busque a orillas del río Neva la silueta de un rascacielos. Pero la Torre Okhta, de 400 metros de altura y con forma de espiral, que hace cuatro años proyectó allí Gazprom, la empresa de hidrocarburos más poderosa de Rusia, todo un poder fáctico en el corrupto despotismo de Putin & Cía, es de momento solo papel mojado porque, en una ciudad tan plana y de edificios bajos como San Petersburgo, se tomaron en serio la amenaza de la Unesco de perder el título de Patrimonio de la Humanidad, y las autoridades locales evitaron la erección por muy Gazprom que fuera su promotor.
Pero no se apuren quienes necesitan un icono. En San Petersburgo hay un rascacielos. Está soterrado. Se llama Metro. El más profundo del mundo. Y con decoraciones que visitan los turistas. 110 kilómetros de túneles, 64 estaciones, 5 líneas. Está boquiabierto de 6 de la mañana a 1 de la madrugada. El alarde de ingeniería y el orgullo de modernidad no consistía en hacer una torre, sino en dotar de movilidad moderna a los habitantes de una ciudad histórica que tiene la extrema dificultad de estar construida sobre pantanos, canales, ríos y el delta del Neva, cuyo enorme caudal tiene en algunas zonas 25 metros de profundidad.
El comité de la Unesco, porque ni le va ni le viene, no abordará el debate que le compete solo a Sevilla. Por qué diantres se empeña en inversiones poco eficaces para el desarrollo de la población y para el cambio de modelo productivo, cuando desde 1975 tenía la opción de construir el Metro como la mejor salida de su inmovilismo a ras de suelo.
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