Entre Sevilla y Managua hay 8.333 kilómetros y sin embargo hubo y hay algunos vínculos que convierten el espacio en relativo. Y el tiempo también. Estos días no he podido evitar acordarme tanto de Aurelio Tejera, brillante abogado laboralista, creador de la plataforma de apoyo a Nicaragua en Sevilla, habitante de ese país centroamericano muchos años. Militante por los derechos humanos como su hermano Camilo, fallecido muy joven, había sido un comprometido militante antifranquista, brillante dirigente estudiantil. Los dos nos faltan desde hace tiempo, no sólo hemos tenido trágicas pérdidas en este año tan guadaña. Vivir, como dice Antonio Gala, es deshojarse de afectos como el tronco de un árbol desnudo.

Por Aurelio Tejera fui cooperante en Nicaragua en 1982, cuatro años después de esa revolución que llevó la democracia a un pueblo maltratado por un soez dictadorzuelo enloquecido y cruel. Los sandinistas -¿quién se acordará hoy de Sandino o de Carlos Fonseca?- lucharon por la democracia, honestamente, su modelo estaba más en Suecia que en la URSS. Cómo olvidar ese primer gobierno con poetas como Ernesto Cardenal, escritores como Sergio Ramírez, profesores como Jaime Wheelock. Colaboradoras como Gioconda Belli y Bianca Jagger. Y la banda sonora del grupo hispano más popular de aquellas tiempos, los Mejía Godoy, que habían inundado las radios con los "perjúmenes que suliveyaban" mientras usaban los royalties para la resistencia. Carlos F. Chamorro, con el que estuve en su despacho del diario La Barricada, hacía la competencia a La Prensa, el periódico de su madre Violeta Barrios, herederos los dos de la huella de Pedro Joaquín Chamorro, el periodista asesinado en 1978.

En Nicaragua crecí como allí lo hace todo, a lo bestia. Rompí mitos y amé realidades. Me quitaron muchas tonterías. Nunca olvidaré el entierro de un jovencísimo soldado al que la Contra había matado en una emboscada. Sobre sus manos, en el humilde ataúd de pino sin pulir, una foto de Camilo Sesto. Vivir así es morir de amor.

La última satrapada indigna de los Ortega, la persecución al escritor y Premio Cervantes Sergio Ramírez (leerlo es un regalo), me ha traído de nuevo a Aurelio Tejera y su plataforma sevillana de apoyo a Nicaragua. Él se ha ahorrado esa tremenda decepción. Pero no es el único puente con ese fascinante país. Mercedes Moncada, cineasta sevillana y nicaragüense a partes iguales, dirigió hace años un bellísimo documental: Palabras mágicas. Véanlo, está disponible en plataformas y como todo lo suyo rezuma tanta honestidad como impecable factura. También tristeza. Aquel perfume de libertad ha devenido en hedor totalitario. Ortega ya no quiere leer a Cardenal: "La hierba verde renace de los carbones."

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