Pintor de loza

Quisimos ser opacos y misteriosos, y al final resultó que la poesía más exacta estaba en lo sencillo, en lo claro

30 de abril 2022 - 01:46

Me pongo a menudo un fragmento de Sevillanas, aquella producción mítica de Juan Lebrón que dirigió Carlos Saura y que reunió, perdonen la expresión, a un dream team por el que asomaban gigantes como Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Camarón, Matilde Coral, Manuela Carrasco o Merche Esmeralda, una constelación de estrellas que quizás sólo era posible en el 92, el año en que se rodó aquella propuesta y en que era posible todo, el año también de Azabache, de la Expo, de las Olimpiadas, el año en que éramos jóvenes y estábamos esperanzados, precisamente el ánimo rotundo, luminoso, que desprende la secuencia de esa cinta a la que regreso una y otra vez, protagonizada por una Rocío Jurado exultante, con el dominio de facultades que solía desplegar, su voz y su gracia incontestables, y un grupo de niños y jóvenes que bailan a su alrededor.

La chipionera se arranca, mi novio es cartujano, mi arma, pintor de loza, y de repente el mundo deja de ser áspero y todo se vuelve amable, los líos del corazón pierden esa gravedad boba, esa solemnidad plúmbea que tantas veces les concedemos, el que me habla de amor me vuelve mochales, yo no tengo la culpa de que sean los hombres así, tan especiales, y el desamor no hiere contado con esa holgura, y la vida se hace leve y hermosa como una de esas letrillas, rosa de Pitiminí, cuatro o cinco en un ramito, se las tengo que poné a San Antonio bendito.

Qué tontos hemos sido, nos dicen la Jurado y sus muchachos bailando, sus palabras bailando, porque esas palabras ciertamente no se quedan quietas: nos hemos dado tantas ínfulas, hemos querido ser opacos y misteriosos, y al final resultó que la poesía más exacta estaba en lo sencillo, en lo claro, tiene una cinturita, que ole, ole, que me parece al clavé en la maceta, ole, moreno y ole, al clavé en la maceta, que ole, ole, cuando se mece. Con qué ceguera, borrachos de modernidad y futuro, menospreciamos ese repertorio en el pasado, y al oírlo ahora nos estremece: el clavel que me diste lo tiré al pozo, yo no quiero claveles de ningún mozo.

Ahora que se acerca la Feria de Abril he vuelto a estas corraleras, y veo que somos del sur, que esta celebración hedonista, esta reivindicación de la alegría y la primavera que reemprendemos tras años terribles es una liturgia que compartimos con los amigos, honda en su ligereza, y de fondo se oye a la Jurado preguntar de dónde somos, adónde vamos, a qué cantamos, y, claro, habrá que responderle: viva Sevilla, viva Triana.

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