La ciudad y los días

carlos / colón

Poner rostro a la tragedia

EN el año 14 del siglo XXI, cuando se cumple el primer centenario del inicio de la Gran Guerra (31 millones de víctimas) y se está en puertas de que se cumplan 75 del inicio de la Segunda Guerra Mundial (60 millones de víctimas), nos enteramos de que el número de refugiados que huyen de guerras, persecuciones, violencias generalizadas o hambrunas alcanzó a finales de 2013 sus más altas cifras desde el final de la Segunda Guerra Mundial: 51 millones de personas. 33,3 millones desplazados en sus propios países y 16,7 en otros Estados (2,5 millones más que en 2012). Lo ha desvelado el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

Sólo el año pasado seis millones de personas tuvieron que buscar refugio para huir de la violencia. Es la cifra más alta que se conoce desde que se manejan datos y su crecimiento se debe a la guerra en Siria (tres millones de desplazados) y al aumento de la violencia en Sudán del Sur y República Centroafricana. Lo que nos lleva a lo de ayer: África vomita su desesperación sobre Europa mientras los fundamentalistas avanzan en el norte y la zona subsahariana. Estos y otros dramas u horrores de los que el ser humano es responsable han provocado la tragedia de los 51 millones de refugiados.

Las grandes cifras marean. 51 millones no caben en un corazón y los ojos tienen lágrimas para llorarlos. Urge un esfuerzo institucional y mediático para poner rostro a este número que nos aturde. Urge que los medios de comunicación y de creación (cine, televisión, prensa, radio, fotografía, redes) nos cuenten las historias de estos 51 millones de seres humanos a través de las de unos pocos. El poder de una historia o de un rostro para representar el dolor de otros muchos es ilimitado. Una niña quemada por el napalm representó todas las víctimas de Vietnam. Un parado buscando su bicicleta robada junto a su hijo pequeño conmocionó al mundo.

Muchas culpas se acumulan con respecto a esta tragedia. Entre ellas las de los medios y los creadores, empeñados en contar naderías o cultivando sus egos desmesurados mientras esta tragedia exige dejar de ser anónima, ser visualizada, que se pongan historias, rostros y nombres a las cifras. Quien salva a un ser humano salva a la humanidad, dice el Talmud. Quien representa la tragedia de un ser humano permite sentir como cosa propia, con empatía que induce a actuar, las tragedias de millones.

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