La ciudad y los días

carlos / colón

Rocío al alba

ESTA mañana, cuando rompa el alba, te harás toda de marfil. Como la blanquísima azucena de la rima de Bécquer, en cuyo cáliz duerme la gota de rocío; como los apóstoles de tu manto; como la Virgen de las Batallas que llevaba Fernando III en su silla de montar y tras su muerte donó a la Catedral de Sevilla su hijo, el Rey sabio que te trajo a las Rocinas y te edificó tu primera ermita.

Ésta es tu hora porque es cuando el rocío vivifica y empapa la tierra haciendo que le rindan sus perfumes el cantueso, la mejorana, el arrayán, la jara, el pino y el romero del coto que tan celosamente te guarda. Ésta es tu hora porque es al amanecer cuando pareces una Cantiga de Nuestra Señora esculpida por luz del alba, como si tomara forma corpórea esa "estrella del día" que cantó el rey a quien te debemos, que quiso hacerse trovador para "decir loores de la Virgen, Madre de Nuestro Señor, que es la mejor cosa que él hizo". ¡Qué milagro sin tiempo se produjo ayer cuando los tamborileros almonteños abrieron el Pontifical tocando con sus gaitas y tamboriles rocieros el Santa María, estrella del día del rey trovador que trajo tu bendita imagen a estas tierras de las Rocinas!

Siempre hermosa, comprensiva, sabia y paciente, nunca la Virgen del Rocío lo es tanto como cuando la alumbra este sol blanco del amanecer onubense del que escribió Juan Ramón en su Platero. Es la Señora de Pentecostés, verdaderamente, en esta hora en la que el cansancio, el sobrecogimiento que provoca su marfileña belleza callada y perfecta, la luz pura que aún no proyecta sombras, el húmedo frescor perfumado, o quién sabe si todo a la vez, parece amortiguar el estruendo de los cohetes, hacer más quedas las sevillanas que le ofrendan, más gruesas las lágrimas que caen despacio por las mejillas, más hondos los vivas que parecen nacer de las entrañas, más ciertas -casi táctiles, como si pudiéramos sentirnos abrazados por ellas- las presencias de aquellos a quienes tanto quisimos, tanto lloramos y tanto queremos. Que en ese momento en que la Virgen está ante nosotros, siempre como insegura de si seguir consolándonos o continuar navegando sobre el mar que la lleva, nadie puede dudar -¿verdad, María José?- que viven en la eterna alegría que al final de su himno pedimos al Espíritu Santo que cubre con sus alas a la Virgen del Rocío: "Da salutis exitum, da perenne gaudium".

Dedicado a Rocío Alba, que lleva en nombre y apellido la alegría y la luz de esta mañana.

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