Tomás García Rodríguez

Doctor en Biología

Ruta de árboles monumentales de Sevilla

Haremos un recorrido virtual por Sevilla para visitar cinco viejos árboles

Un vetusto ejemplar de una especie arbórea puede imprimir su propio carácter a un jardín, una calle o una plaza, convirtiéndose en un monumento que enaltece con su hálito vital las piedras centenarias que lo rodean. Toda ciudad con ansias de singularidad y eternidad ha de mantener esa unión, conservar con fervor la herencia adquirida y avanzar preservando su esencia única fraguada a lo largo de los tiempos. A través de estas líneas, haremos un recorrido virtual por Sevilla para visitar cinco viejos árboles que son verdaderos templos vivientes y que hemos de cuidar y venerar.

Iniciamos la ruta en los Jardines de Cristina, oasis botánico y literario donde nos estremecemos ante un plátano de sombra -el abuelo- con más de siglo y medio de vida en sus raíces; donde su grandioso porte, su corteza resquebrajada y el exotismo de sus hojas palmeadas se manifiestan en todo su esplendor. Proseguimos el camino y accedemos al Parque de María Luisa por su magnífica portada principal, divisando al poco un majestuoso ciprés de los pantanos con sus imponentes ramas dispuestas en forma de candelabro, que se eleva desde mitad del siglo XIX en la lírica Glorieta de Bécquer; a sus pies, el poeta y otras ensoñadoras esculturas destilan amor, pasión y dolor de ausencia. Acercándonos a las entrañas de la urbe, en un emblemático recodo de la avenida de la Constitución, admiramos un egregio magnolio que difunde sus espléndidas flores blancas y su suave aroma a limón a los aires estivales; este fascinante árbol se mantiene en pie desde finales de los años treinta del pasado siglo, necrosado en su ápice y resistiendo los embates del medio en un mágico lugar junto a la excelsa catedral y frente a la Lonja de Mercaderes, hoy Archivo de Indias.

Pasamos el río por el Puente del Cachorro y nos dirigimos al encuentro de un añoso ombú o bellasombra, llamado zapote en tierras hispalenses; una planta arborescente con tronco multitallo que vive con sus recuerdos en la antigua Huerta Chica del monasterio de la Cartuja desde que fuera traído por Hernando Colón -a comienzos del siglo XVI- desde el Nuevo Mundo. Finalmente, llegando al corazón de Triana por la longilínea y artística calle Alfarería, nos asombra desde lejos una altiva higuera australiana de Bahía Moretón, ficus sembrado en 1913 en el atrio-jardín de la iglesia de San Jacinto, que nos ofrece su colosal imagen selvática en el austero entorno que preside; sometido a un sumario proceso por sus supuestos perjuicios, que son fruto de su irrefrenable fidelidad a la vida y a su propia naturaleza, estamos deseosos de que sea indultado y pueda maravillarnos en estos relajados paseos durante largo tiempo.

"Amo a los árboles y me pregunto/ ¿sentirán cuando sus hojas se desprenden?/ ¿Cuando caen balanceándose coquetas/ sonriendo al viento que las mueve?/.../ ¿Habrán sentido las punzadas de dolor/ cuando las hojas sin quererlo se morían?/ No los he visto llorar./ Pero sí... temblar de frío" (Aurelia Snaidero).

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