La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Asunción es la aldea de los galos contra el turismo invasor
Tres.el rechazo de la muerte. Hay épocas y sociedades que tienden a la tanatofilia y otras a lo contrario. La sociedad occidental actual es tanatofóbica, pasa por la muerte de puntillas, no quiere mirarla ni hablar de ella siquiera (el debate sobre la eutanasia, que debería ser el afrontamiento serio del final de una vida humana, quizá para muchos sólo sea la mera posibilidad de considerar la muerte como una enfermedad más, no como la hora última de la verdad). El núcleo de la fiesta de los toros es la muerte: la del toro, segura; la del torero, posible (en esa posibilidad radica parte de su irracional atractivo: ahí están los toreros arriesgados con su tirón popular para corroborarlo o el renacer de la fiesta después de que un torero muera en la plaza). No extraña, por tanto, que en un tiempo y una sociedad que no convive con la muerte (casi nadie muere en casa; se velan a los muertos, si se hace, en edificios impersonales; se cierran los ataúdes, nadie quiere ver el rostro del finado), que la reduce a la mínima expresión, una fiesta cuya esencia es rondarla y jugar con ella y, la del toro aparte, verla a veces en vivo, produzca un profundo rechazo.
4.- El mito y lo efímero. Se lamentaba Antonio Ordóñez de que el arte del toreo es el único cuya obra nace y muere ante los ojos del aficionado, no permanece, es el más efímero de todos (la partitura no queda: es creada, interpretada y destruida en el mismo acto). Eso, en tiempos en los que casi nada perdura y todo pasa raudo, más que acompasarlo con ellos parece difuminarlo entre otras artes. Si no haber visto a un torero en la plaza antes agrandaba su mito, aureolado de anécdotas y relatos orales de quienes sí habían corrido tal suerte, ahora lo iguala a otros artistas cuyas obras, pese a estar al alcance de un click o un viaje barato, son tan poco duraderas como las faenas de un torero. Tal es la velocidad con que todo es devorado que los mitos duran, si acaso, la carrera de un deportista de masas, apenas un suspiro.
5.- Los errores propios.No todas las causas de esta agonía de la fiesta de los toros hay que buscarlas fuera. Los taurinos han hecho mucho porque su medio de vida vaya decayendo. Se habla de ganaderías diseñadas para las figuras, que no transmiten. De que apenas hay toreros con duende (aunque siempre hubo pocos, y uno viene oyendo decir que no hay figuras desde siempre, y ahora son recordados como artistazos toreros en su día pitados, menospreciados. Nada nuevo, pasa en cualquier arte). Quizá hoy el principal error sea identificar a la fiesta con un determinado estamento, con una ideología. Los toros alcanzaron su mayor grandeza cuando fueron una fiesta de todos. Que cuantos viven de y para ella dejen la defensa de su fiesta en manos de quienes la toman como una bandera propia más es el camino perfecto para que el número de aficionados vaya disminuyendo, para convertirla en un gueto, una secta, algo condenado a la extinción.
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