La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los velatorios que perdimos
El agua no tiene huesos, por eso llega a todas partes”, fue la frase con la que el albañil curtido supo dejar sin palabras a un sesudo ingeniero preocupado por humedades y filtraciones generadas por los temporales de lluvias. Causa perplejidad esa profunda sabiduría capaz de afinar tanto el lenguaje de forma natural y gráfica, sin complejidad ni discusión posible. Darle al agua la entidad de ser vivo, de animal invertebrado y ambicioso, es casi atisbar las misteriosas intenciones de los elementos de la naturaleza. Ni Noé en el Génesis llegó tan lejos. Lejos de incluir entre sus animales puros e impuros al agua, construyó el arca sin remos ni timón, para huir precisamente del diluvio, de las cataratas del cielo, de las fuentes rotas del abismo. Desde entonces toda la humanidad, más que navegar, flota al garete. De aquel hipnotizante relato bíblico queda una mirada ingenua y colorista en el arte, repetida en pinturas, grabados y tapices. Vemos de forma recurrente la ordenada fila de animales guardando cola para entrar en el arca, o la propia construcción y preparativos de tan incierto viaje. Recomiendo el tapiz El embarque en el arca de Noé en La Galería de las Colecciones Reales.
El agua, poderosa por su escasez o por su incontinencia. El agua, símbolo de pureza y de vida en poesía. El agua, animal fiero capaz de calmar nuestra sed o de ahogarnos, de renovar la tierra o de destruirla. El agua, manantial y espejismo. El agua, necesidad y tormento. El agua, rogatorias o maldición. Quizás por todas estas insondables dicotomías entiendo mejor la deslumbrante frase del albañil que los esfuerzos de meteorólogos y geólogos. Nos hemos convertido en parte de esos animalillos escogidos por Noé en espera de que regrese la paloma con la hoja de olivo en el pico anunciándonos que las aguas ya se han retirado. Que salga el arco en las nubes señal del vínculo entre Dios y la humanidad.
Crecí en una vieja casa con goteras tercas, concienzudas, que al tanto tiempo reaparecían por más que se cubrieran. Otras salían por primera vez como un descubrimiento aciago. Recuerdo su repiqueteo en los cubos, su inquietante amenaza de comerse el tejado. El miedo a que después, con el calor, todo se resquebrajase como una granada. Tengo una secuela crónica: cuando llueve miro al techo y afino el oído y repaso paredes y escucho previsiones. Sufro la intemperie bajo techo, la interior, en la que siempre llueve.
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