Los velatorios que perdimos

El viernes se vivió una estampa infrecuente desde que se ha impuesto el uso del tanatorio

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La Pastora de Santa Marina.
La Pastora de Santa Marina. / M. G.

09 de febrero 2026 - 04:00

Una de las primeras inauguraciones del alcalde Monteseirín fue el Tanatorio de la SE-30, al que todo el mundo se refiere por ese nombre cuando se monta en un taxi. Nadie pide al taxista ir al tanatorio de Mémora, como nadie refiere la sede del Cuartel General de la Fuerza Terrestre, sino simple y directamente Capitanía. A las cosas por su nombre... de siempre. De lo contrario corre usted el riesgo de que el taxista ponga el GPS para saber dónde está eso de la fuerza que suena a película del espacio, cuando es uno de los orgullos de esta ciudad, que desde aquí se coordinan 40.000 soldados al servicio de España. Dicho queda, otra vez. Pues el tanatorio se presentó como una enorme comodidad para los velatorios, con sus 22 salas y sus dos capillas, que son ya como Casa Ricardo, pero sin croquetas, por la de fotografías de sagradas imágenes que adornan las paredes. Nos hemos acostumbrado a ir al tanatorio de la SE-30 como el que acude a la farmacia de guardia con la tarjeta del seguro porque se han quedado sin las pastillas del colesterol. Hasta alguna vez hemos probado la terraza de verano del tanatorio, la mar de agradable. El problema es equivocarse de tanatorio porque en Sevilla ya hay tres. Hay hasta quienes han discutido acaloradamente por ese error. Pero, sobre todo, peor debe ser ir al tanatorio y no volver...

Un sevillano cabal, trabajador y noble como Andrés Martín, hermano mayor de la Pastora de Santa Marina por siempre, aunque haya dejado de serlo hace muy pocos días, perdió a su mujer el pasado viernes, la inolvidable señora Rosa González Velasco. Andrés no quiso velarla en el tanatorio, sino en la capilla que preside la devoción de la familia. Y allí se fueron los pastoreños de la calle Amparo a orar junto al féretro cubierto con el manto verde de la Virgen, el confeccionado en parte con el tisú que sobró de una intervención practicada al célebre de la Macarena. Fueron pasando los sacerdotes con sus responsos, las coronas de flores, los hermanos de la corporación gloriosa con Francis Segura al frente, los amigos de las hermandades vecinas, los del Ayuntamiento de Sevilla... Alguien valoró la belleza, la intimidad y el recogimiento de los velatorios en los templos, una costumbre perdida porque se prefiere el tanatorio por sus muchas comodidades. Pero como no todo en la vida es el confort, un cofrade como Andrés Martín quiso hacer las cosas como en tiempos se hacían. Se recuperaron las tertulias a las puertas del templo para glosar de forma natural la figura de la difunta, los bisbiseos en el interior para evocar pasajes alegres del pasado, los cafés en los bares próximos, los avisos tardíos a los que nada sabían del fallecimiento... Todo un rito entre cera encendida, bordados, altares vivos por el esmero de la hermandad y la calidez de los abrazos apretados. La vida entera pasó por un velatorio en la tarde de un viernes que había arrancado con cielos embravecidos. Incluso llegó la distensión con un comentario muy sevillano a los pies del altar: "Andrés, qué tardes de Feria hemos vivido con Rosa". Y nuestro Andrés, de riguroso luto, alcanzó a esbozar una sonrisa: "Además de verdad...".

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