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Estado de alarma

Con la emergencia, quien va a sufrir de verdad es la gente que vive de la hostelería y del pequeño comercio

Hay gente que se alegra por la llegada del coronavirus. Ahora, por fin, gracias a las restricciones y al confinamiento de la población, el aire será más limpio, las ciudades serán más silenciosas y las buenas personas podrán volver a relacionarse de forma armoniosa, queriéndose y cooperando con los demás. Aunque parezca mentira, hay gente que piensa así. Los que se proclaman "soldados de Greta", por ejemplo, o los defensores de las teorías del "decrecimiento económico": toda esa gente se complace en el espectáculo de una sociedad asustada y encerrada en sus casas y sometida a la austeridad obligatoria. Para esa gente, nuestro país sometido a la cuarentena será por fin un lugar sin aviones, sin turistas y sin ruidosos jubilados en Benidorm. Ahora, por fin, todos los centros urbanos se librarán del tráfico y de los humos. Por fin se podrá pasear a gusto por la ciudad desierta. Y por fin se quedarán vacíos los campos de fútbol, hasta ahora repletos de bonobos furiosos que votaban a la extrema derecha.

Por lo general, quienes defienden esta visión armoniosa de la vida social suelen tener sueldos públicos con sus quinquenios y sexenios bien garantizados. Si hay una crisis, si hay una emergencia, ellos siguen cobrando religiosamente el sueldo. Por eso no quieren ver que detrás de esta imagen de paz y silencio social se oculta una realidad pavorosa: millones de personas que trabajaban en pequeños negocios, en hoteles, en agencias de viajes, en cafeterías, en mercados de abastos o en salas de conciertos y que ahora no van a poder cobrar un sueldo o van a tener que irse directamente al paro. La gente intoxicada por la ideología cree que es el sector público quien sostiene con su esfuerzo y su riqueza a esos pobres desgraciados que viven de la hostelería y del turismo y del pequeño comercio. Pero es justamente al revés: es la economía productiva de la hostelería y del pequeño comercio y de las pequeñas empresas la que crea la frágil riqueza con que nos podemos pagar los hospitales y las escuelas y los ministerios. Y justo ahora, con la emergencia, esa gente es la que se va a llevar la peor parte. Ellos serán los que se queden sin trabajo y sin negocio. Ellos serán los que no sabrán si van a poder cobrar una nómina a fin de mes. Así que termino este artículo dedicándoselo a ellos. Y ánimo, compañeros, resistiremos.

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