La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
Uno tiene sus defectos de fábrica y no viaja ni en grupo, ni donde no hayan estado los romanos. Desconfía de los bares que ofrecen la tapa de rulo de queso frito al vinagre de Módena, procura no meter el tenedor en los platos donde comen varios y guarda distancia con quienes califican todo lo nuevo de “precioso” o, mucho peor, aseguran “adorar” a alguien. La adoración es al Santísimo Sacramento, que en Sevilla tenemos expuesto de forma perpetua en San Onofre gracias al cardenal Amigo. San Onofre es uno de esos sevillanos con nombre de templo recoleto en la Plaza Nueva, un orillado por los suyos que el catedrático José León-Castro rescató del olvido en una serie publicada en 2017 en Diario de Sevilla (Galería del Olvido) y que, por cierto, Antonio Burgos impulsó, leyó y siguió con especial atención. Los nuevos adoradores, si es que así se pueden llamar, son los que conviene tener más lejos que un Kebab. Hace muchos años te encontrabas con gente muy sospechosa que te calificaba a alguien directamente de “encantador”. Así, sin conocerlo con hondura. Todos digerimos que hay quienes con el uso del lenguaje son como un rey mago en lo alto de una carroza: elogios y caramelos a la derecha, calificativos maximalistas y golosinas a la izquierda. Y todos contentos
España se llenó de gente encantadora, de una jet que no paraba de aparecer en las páginas en rosa de Jesús Mariñas, que firmaba en la revista Época, la que el joven rojerío con pretensiones leía a escondidas, al igual que hoy añora (nostalgia improductiva) aquel tiempo de la beatiful people, el caso Flip, Filesa, los GAL, el caso Juan Guerra y otros escándalos del PSOE. ¡Eran más jóvenes y estaban algo menos arrugados! ¡Son nostalgias que hay que analizar con indulgencia! Ocurrió que a los dispensadores de encantos les sucedieron los agradaores. Todo partido político tiene sus agradaores, esos muchachos –y también algunos ya talluditos– dispuestos a recoger al jefe en Santa Justa o San Pablo para llevarlo a la sede del partido, guiar amablemente a la señora de compras, y acompañar después al matrimonio a la bajada de la Macarena. La perfección llegó con los adoradores. Hoy se estila adorar directamente al niño que gana el concurso de poemas, al amigo el día de la fiesta de sus bodas de plata, a la prima hermana en el reencuentro veraniego en el pueblo y, cómo no, al jefe del partido político. El culto al líder se confiesa en el escenario y en las redes sociales, claro. Hoy se adora al que tiene mayoría absoluta, mañana sabrá Tutatis, protector de los pueblos galos. Hay que tener cautela con estos adoradores como con los que consideran que cualquier novedad es “preciosa”, “chula”, o que su tiempo fue el más auténtico. Aburren.
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