La aldaba
Carlos Navarro Antolín
No inventemos procesiones laicas
Son muy pesados los cofrades que solo saben proyectar procesiones extraordinarias para mayor realce de sus respectivos períodos de gobierno, sea por alguna efeméride, una misión o cualquiera de los nuevos revestimientos que se emplean para justificar el tachiro. Tenemos claro que las cofradías no tienen que justificar su principal objetivo: el culto público. Complejos cero. Pero tampoco instalarse en una piedad popular pasada de rosca. Igualmente pesados son los críticos que aprovechan la mínima para echar fuera los gatos del vientre de una mala experiencia en el colegio, en la hermandad a la que les apuntó el padrino, o en el atasco de dos horas que sufrieron por la parsimonia de un ensayo de costaleros. Son cargantes los unos y los otros. La celebración de los 500 años de la boda entre Carlos V e Isabel de Portugal ha generado reacciones en contra del desfile teatralizado por falta de rigor histórico y un coste de 186.000 euros. El éxito en las convocatorias se mide por el número de personas que se echan a la calle. Y si se trata de un auditorio, por la de gente que se queda (o se deja) fuera. Por eso el Pregón genera interés. Si fuera en Fibes, ya veríamos la de butacas que se quedarían vacías.
El Ayuntamiento triunfó el sábado si se considera que hay un público que no tiene objetivo que permanecer gratis en las calles a la espera de un cortejo singular, entretenido y muy apropiado para sacar fotos. Tampoco se pide más en los tiempos que corren. La sociedad no exige rigor, sino entretenimiento. El rigor aburre. El pan y el circo es la terapia de siempre. Procesiones laicas o religiosas, pero procesiones. El populismo hispalense exige el tachiro, muchos veladores y buen tiempo. Se trata de participar, no de alcanzar la excelencia. Se trata de estar, no de profundizar sobre qué supuso ese enlace para la Sevilla de aquel tiempo y las razones por las que fue elegida la ciudad, sino de la apuesta permanente por recordar (como sea) las fechas clave. La conmemoración del pasado glorioso es una constante que resulta reveladora. Parece que nos quedamos anclados en 1992 a la hora de planificar un gran evento de cara al futuro. Han pasado ya demasiados años y no tenemos horizontes nuevos de gran peso, acaso finales de fútbol que nos dejan la cochambre en las plazas y alguna entrega de premios con estrellas que acuden del hotel al escenario como si lo hicieran a cualquier plató de televisión del mundo. Da igual que sea Sevilla. Animamos al gobierno local a no inventar más procesiones, a dejar el centro tranquilo de ajetreos, a apostar por la calma del tiempo ordinario y a concentrar los esfuerzos no ya en grandes hitos, sino en objetivos que mejoren de verdad la calidad de vida de los vecinos. No es necesario montar más cortejos, que ya se montan solos. La iniciativa privada en este terreno es de última generación. Imparable. Nos sobran cortejos.
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