La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
NO deja de ser una paradoja que cuando Cuba parece iniciar un camino de prosperidad en su economía, si consigue encauzar adecuadamente sus asuntos en el nuevo panorama que se le abre, Rusia esté sufriendo una vez más las consecuencias la volatilidad de los mercados, que juegan con el precio de las materias primas y de las monedas. Hasta que se producen los cambios en la economía y sociedad rusa -en menor medida en la política y las instituciones, y en una democratización efectiva-, Rusia era el sostén de Cuba, que desde el abandono real de aquella, sigue un duro camino casi en solitario, con apoyos más testimoniales que efectivos, de países vecinos.
La crisis rusa hay que verla en el contexto de la caída del precio del petróleo y de las sanciones impuestas por su invasión de Ucrania, y se manifiesta en el tipo de cambio y en una ola de desequilibrios que se transmite por el mundo. Como siempre ocurre con las crisis, a unos afectan más, a otros menos, y algunos pasan por encima de ellas casi sin notarlas; pero cada vez es más difícil permanecer al margen, y podemos -cambiando las palabras- decir aquello de que aunque te despreocupes de las crisis de los otros, estas acaban ocupándose de ti.
Las cifras han ido cambiando por días, y después de las caídas, parecía que el triple efecto de una cierta apreciación del rublo, una leve subida del precio del petróleo, y la vuelta de los inversores a las bolsas, era el principio de una recuperación. Pero la cuestión, como se está viendo, es más profunda. El rublo ha venido cayendo desde enero respecto al dólar norteamericano, y con la crisis esta caída llega a más de un 50 por ciento; así pues, los repuntes en el tipo de cambio hay que verlos teniendo en cuenta que no va a volver donde estaba hace un año. El Gobierno intenta frenar la caída de su divisa mediante la elevación del tipo de interés, que pasa del 10,5% al 17%, lo que lo hace atractivo en un entorno internacional de tipos muy bajos, y por otra parte, vende dólares de sus reservas de divisa, y compra rublos, (unos 10.000 millones de dólares en diciembre) lo que ayuda a estabilizarlo. Estas reservas eran a principios de año de unos 500.000 millones de dólares, y en la actualidad superan todavía los 400.000 millones, por lo que Rusia dispone de capacidad para una intervención en el mercado.
Se ha comparado la crisis rusa con la de los años noventa, pero esta no es de deuda pública, sino de tipo de cambio, y en cierta medida de financiación bancaria y de empresas privadas. Rusia tiene superávit presupuestario, que este año podía haber sido del 2% de su producto bruto, y que ahora con las intervenciones se convertirá en un déficit, pero inferior al 1% del producto. Esto ocurre porque los impuestos sobre las exportaciones de carburantes son en rublos y por tanto los ingresos del Estado no se ven afectados por el cambio. Tampoco tiene por el momento déficit de balanza de pagos, pues las importaciones están muy bajas por el doble motivo de lo caro que resulta comprar para consumir con moneda extranjera, viajar, o invertir fuera, y de las restricciones de importaciones con las que se pretendía responder a las sanciones, cuestión a la que hace unas semanas nos referimos aquí en lo que afectaba a Andalucía.
El ataque al rublo es una parte de la historia. Las empresas y bancos rusos tienen necesidades de financiación, al haberse cerrado puertas con las sanciones impuestas y la pérdida de actividad. La deuda privada externa puede estar en el entorno de los 500.000 millones de dólares, y a lo largo de 2015 vencen 150.000 millones, por lo que el Estado está ayudando a bancos y empresas; Rosneft, la petrolera, o el banco OAO Gazprombank, son ejemplos de grandes empresas que han necesitado este apoyo estatal, con préstamos de unos 40.000 millones de dólares y una participación en capital de 740 millones de dólares, respectivamente. Además, Rusia tiene un fondo soberano, el National Wellbeing Fund, que está dedicando recursos a sacar de apuros a empresas públicas. Puede también obligar a sus exportadores a convertir una parte de sus ingresos en rublos, elevar la posición de reservas de divisas en los bancos, limitando los cambios y las compras en divisas, y restringir la salida de capital del país. Pero aunque estas medidas no parecen probables por ahora, es obvio que la economía real está seriamente dañada, tardará en recuperarse, y está repercutiendo en el deterioro de la economía internacional. Está por ver qué pasa con las sanciones, sobre todo las europeas, lo que puede depender de cómo evolucionen las economías, y la voluntad de Putin de frenar sus ambiciones.
El impacto de la crisis rusa sobre España y Andalucía se ha considerado reducido, pero aunque es verdad que las relaciones comerciales no son tan significativas para que tengan un efecto apreciable, ya lo hemos notado en Bolsa, junto con la mayoría de los países. El énfasis que se pone en el turismo ruso y en la compra de viviendas por ciudadanos de este país también es excesivo, si lo vemos respecto a las cifras totales de turismo y transacciones de viviendas; afortunadamente, aquí nuestros mercados son diversificados y no dependemos de manera esencial de uno en concreto. Sí es importante el contagio que están sufriendo países emergentes, de Latinoamérica y África, con los que tiene España relaciones comerciales. Varios países como Sudáfrica o Turquía, que se estaban beneficiando de los bajos precios del petróleo, han visto contrarrestado este efecto con un ataque a sus tipos de cambios, que se han depreciado; al final, los efectos indirectos del problema ruso acaban trasladándose a una disminución de la demanda internacional y es una sombra para nuestras esperanzas exportadoras.
Es difícil que el progreso económico que se fundamenta en una burbuja acabe bien. Rusia ha progresado casi exclusivamente aprovechando la ola de los elevados precios del petróleo; y ha dejado que la mitad de los ingresos públicos e, indirectamente, casi las tres cuartas partes de su nueva economía, dependan de la energía. A nosotros nos ha ocurrido con la construcción, pues los ingresos que se perciben de una fuente relacionada con la explotación de recursos naturales -como es la renta de situación de España y sobre todo de Andalucía, orientadas al turismo y la vivienda, y las infraestructuras para atenderlos-, tiende a considerarse recurrente. Pero sólo una economía diversificada puede responder eficazmente a una crisis. En el caso del petróleo y las materias primas, los economistas del desarrollo utilizaban la expresión de "maldición de los recursos naturales", para aquellos países, de los que tenemos bastantes ejemplos, que son ricos en recursos, y pobres en instituciones y en bienestar para la población.
Hace poco se publicaba el libro de Karen Dawisha: La cleptocracia de Putin: quién es el propietario de Rusia, que se vende sólo en Estados Unidos, ante la negativa de una editorial inglesa a publicarlo, ya que las acusaciones que se vierten en el libro no están probadas, y se refieren a un plan premeditado que vincularía el avance del poder político de los dirigentes rusos al control de los recursos económicos. Esta hipótesis es, sin duda, algo exagerada, ya que la forma pública y privada en que se gestiona la economía y las conexiones con la inversión extranjera, ha tenido mucho que ver con la expansión económica y la riqueza de un país exportador de gas y petróleo, cuyos precios se han mantenido altos durante años. Aun así, The Economist , una revista que se caracteriza por la forma sensata y equilibrada en que trata los asuntos internacionales, decía que si Vladimir Putin en lugar de apoyar grupos de interés hubiera dedicado más tiempo a fortalecer la economía de Rusia, no se encontraría ahora en esta situación tan vulnerable.
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