La tribuna

antonio Porras Nadales

La historia interminable

ES como la sucesión de las estaciones y los años. Periódicamente, la clase política se siente llamada a la trascendental tarea de regenerar la democracia. Es decir, a tratar de mejorar los sistemas institucionales y sus soportes legales, así como a barrer la basura acumulada bajo las alfombras, o depurar el colesterol incrustado en las cañerías.

Aunque en realidad, desde una perspectiva histórica, el asunto no tiene nada de original: toda la evolución de los sistemas democráticos a lo largo de los últimos siglos puede entenderse como un largo e interminable proceso de autorregeneración de los mecanismos representativos y participativos, de innovación en las formas de gobierno y de avance hacia nuevas pautas de transparencia y de control.

Conservar el sistema y mejorarlo al mismo tiempo constituye ciertamente una tarea dual y a veces contradictoria, donde la lógica del progreso humano tiene que sortear las servidumbres del poder establecido y su tendencia al mantenimiento inercial a lo largo del tiempo.

Naturalmente tan decisiva tarea tiene que atender, en primer lugar, al recurrente enfrentamiento entre apocalípticos e integrados, o entre rupturistas y reformistas. Es decir, entre quienes apuestan por modificarlo todo, estableciendo un nuevo punto cero de partida, frente a quienes prefieren seguir un proceso de aprendizaje que, sobre la base de los modelos anteriores, iría marcando una agenda de reformas destinadas a progresar a lo largo del tiempo. Es una dualidad que tiene su mejor expresión en la tensión entre la hipótesis de las reformas constitucionales propias de la tradición europea frente al sistema de enmiendas del modelo norteamericano, donde en rigor la Constitución no se "reforma" sino que se mantiene siempre la misma, con añadidos que complementan o mejoran su funcionamiento en la práctica.

En uno u otro caso, como siempre, cada proyecto reformista pretende estar descubriendo un nuevo mundo, cuando a lo mejor resulta que se trata de senderos ya transitados en otros países o en otras experiencias. E igualmente cada proyecto pretende ser la original aportación de un concreto partido, cuando en la práctica toda modificación de las reglas de juego debe inspirarse siempre en un alto consenso entre las distintas fuerzas políticas. Incluso a veces basta simplemente con introducir innovaciones legales que modifiquen algunos aspectos del sistema institucional sin el esfuerzo que implica una reforma constitucional.

Ahora está sobre la mesa la propuesta de elección directa de los alcaldes. Seguramente una iniciativa algo desajustada de agenda, pero donde parecen enfrentarse dos visiones reduccionistas: la elección por los concejales, según un juego múltiple de posibles alianzas (es decir, el mismo sistema existente), o la elección por el electorado, atribuyendo la alcaldía a la lista más votada. Un debate donde la tradición española del voto de lista se enfrenta a las derivaciones personalistas de la representación, que a veces suele ser más intensa en la esfera local.

Se alega con razón que el modelo de elección directa tiene su mejor ejemplo en Francia, con su sistema de doble vuelta que asegura mayoría absoluta. Pero no se recuerda que también hay otras experiencias comparadas donde la segunda vuelta puede ser eludida si, a partir de una cierta mayoría, el primer candidato ha conseguido una ventaja sustancial sobre el segundo. Es decir, cuando el electorado ha dejado sustancialmente clara la existencia de un líder destacado con suficiente apoyo, aunque éste no alcance la exacta mayoría absoluta.

Teóricamente son hipótesis a debatir para alcanzar un consenso que permita mejorar el sistema de la representación en la escala local, sin duda necesitado de algunas mejoras en nuestro país. Pero parece que aquí los partidos son más aficionados a enrocarse en sus respectivas propuestas para tratar de envolverse en el prestigioso manto de la regeneración democrática. Seguramente olvidando que la regeneración democrática constituye el reiterativo argumento de una historia interminable que, desde hace siglos, permite a la humanidad tratar de progresar hacia fórmulas cada día más avanzadas de organización de la convivencia ciudadana.

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