La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El horror de las bodas en los puentes festivos

Un amigo es el que te ayuda en una mudanza y no te pone en el compromiso de acudir a un acto social en pleno acueducto Pesadilla en los restaurantes con estrellas Sevilla en Navidad es Vigo con Giralda

Un puro con todas sus cenizas.

Un puro con todas sus cenizas.

La Dirección General de Tráfico, en cristiano Degeté, avisa en los paneles de las autovías de los peligros del consumo del alcohol, la velocidad excesiva, las curvas de riesgo, el índice de mortandad de los motoristas y la probabilidad de accidente en determinados tramos de pavimento en caso de lluvia. Echamos en falta esa información de utilidad en los puentes festivos como los que vivimos. Alguien debería advertirnos de los riesgos no sólo en las carreteras, donde nos jugamos la vida, sino en el día a día, donde reside la tranquilidad del espíritu. Tal vez el Ayuntamiento debería alertarnos del enorme riesgo de recibir una invitación de boda para este tiempo en que la Navidad devora sin compasión a la Purísima. ¿Cuánto le ha fastidiado a usted recibir un tarjetón de enlace nupcial para mañana viernes o el sábado?¡Alerta, prepare el Dustin! El sobrecito color crudo es toda una amenaza. Le bloquea festivos, puentes y acueductos. Y lleva en su interior el alien de la tarjeta de menor tamaño con los dígitos de la cuenta bancaria (puyazo en todo lo alto). “¿Tu gran amigo no ha puesto cuenta bancaria?”, te dicen con guasa. “Agita, agita el sobre que verás cómo cae”. Y siempre toca: un perro peluche o una pelota. Ahí está el Iban que no es precisamente Bohórquez (de gran corazón donde los haya). Las invitaciones de boda en pleno puente festivo deberían estar premiadas, como cuando uno se hospeda en un Parador viejo y te dan el doble de puntos, como cuando se supera una cifra de gasto en el supermercado del barrio y te generan vales de descuento para el Nescafé. Las invitaciones a bodas en estos puentes deberían estar prohibidas como esas primeras comuniones que te fastidian el fin de semana en el piso de Mazagón o Islantilla recién escriturado en la notaría de don Manuel Seda con derecho a café posterior en El Portón. Una boda en un puente festivo de diciembre solo tiene una ventaja: poder usar el abrigo azul marino que ocupa todo el espacio del mundo en el armario y al que conviene pasar el rodillo para quitar las pelotillas. Ese abrigo donde te encuentras el programa de mano de Semana Santa de 2023, como ahora nos encontramos esa mascarilla del pasado otoño, la mascarilla que te hunde en la pena de recordar los días recientes en que nadie te faltaba. Y entonces al menos acudes a la boda con mejor cara, ves esas horas como un escape, una trocha por la que huir de la senda del sufrimiento. 

Pero todo, porca miseria, se derrumba cuando acudes al urinario y aparece un cartelito enmarcado con los horarios de autobuses de regreso de la hacienda de turno a la civilización. El primero no es hasta las once y media la noche. ¡Y son las siete y media! Un tío con un puro en la boca está en el urinario de al lado. No hay que comprar segundas residencias hasta que se esfuma el riesgo de bodas. Alguien se casa en un puente y te fastidia la vida. El tipo del puro se ríe como si intuyera tu frustración. Y no se le cae la ceniza del puro al sitio donde dijimos. Hay que implantar las cautelas de la Degeté en la vida cotidiana.

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