La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La mala hostelería y los malos clientes

Hubo un tiempo en que había buenos bares y en los que había señores delante y detrás de las barras

No nos engañemos más tiempo porque es mucho peor. Nos puede ocurrir como el que bebe para olvidar. Bebe, bebe y vuelve a beber. Al final, por más que beba, la resaca está esperándole en esa esquina de la memoria que siempre aguarda, la que confluye con la avenida marcada por los baches del mareo, la angustia y el sufrimiento. Sí señor, hablamos de algo tan serio como la hostelería. Sevilla tiene una capacidad asombrosa para el autoengaño, para mentirse de forma piadosa a sí misma, para presumir de una belleza que hace tiempo, muchísimo tiempo, que está cuarteada. Estos días de júbilo, de pasiones encendidas, de fervores profundos, podrán comprobar dos cosas: la hostelería está decadente y la clientela se conforma con lo que le echen. Sí, está escrito a conciencia: lo que le echen. Para aprender no hace falta viajar, pero viajando se establecen comparaciones muy enriquecedoras. El taxi de Sevilla no es tan malo. El tráfico tampoco lo es. Pero los bares, nuestros queridos bares, están a años luz de los de una provincia vecina y hermana como Córdoba. En la calidad de las viandas y en el esmero en el servicio. Los bares se han turistificado. ¡Toma expresión! Lo mejor de los bares de Sevilla se encuentra hace tiempo en los barrios, con algunas muy contadas excepciones en el centro. Tan contadísimas que no las revelaremos. La hostelería sevillana es la gallina de los huevos de oro machacada desde hace mucho tiempo con la colaboración necesaria e inconsciente de una clientela que no distingue entre un tomate de lata y otro casero, entre una torrija de miel y otra adulterada a base de exceso de azúcar, entre una presa ibérica y una vaca finlandesa, entre una mesa bien servida y otra sin detalles algunos con la coartada de la modernidad y del estúpido y pretendidamente ambiente desenfadado. El enfado llega, claro, cuando aparece la cuenta. Y es entonces cuando usted se plantea el trato impertinente del camarero, el exceso de pan para compensar los platos de comida frugal, la carestía del vino, el blablablá del dueño que se hizo el gracioso desde la puerta y al que usted le correspondió de buena fe... Aquí somos todos muy desenfadados hasta que llega la dolorosa. Entonces todos somos fascistas, porque ya que hay que pagar cincuenta o sesenta euros por un cubierto exigimos, demandamos o aspiramos a comer en condiciones y a ser tratados, no como la marquesa de Llanzol en el Ritz de los años cincuenta, pero sí sencillamente con corrección. Empieza la Semana Santa, tengan cuidado con los bares. Los hay buenos, pero son muy pocos. Y hubo un tiempo en que había muchos, muchísimos y muy buenos. Y con señores delante y detrásde las barras.

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