La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Los mendigos de Sevilla son madrugadores

La ruta de los mendigos es la Sevilla sin esperanza, la que tiene los ojos idos como el Saturno de Goya

Caminar por las mañanas muy temprano es cardiosaludable y permite apreciar una ciudad muy distinta a la de las horas de máximo trasiego. Los bares no abren tan temprano como muchos se imaginan. La ciudad tarda en despertarse. Tomarse un café antes de las ocho de la mañana es un objetivo difícil. En la era del comercio electrónico, los establecimientos de todo tipo siguen girando como satélites en torno al gran planeta que son los grandes almacenes. En Sevilla se dice grandes almacenes y todos sabemos cuáles son. Es como el pregón, que sólo hay uno y a ti te encontré en la cola de las entradas. O la Feria. O la plaza. No se requieren más palabras. Sólo se levantan temprano los que no tienen más remedio: los que tienen que cazar el mamut de cada día, los que tienen que rebajar el colesterol, la Sevilla piadosa que acude a las misas de la iglesia del Señor San José o de la parroquia de la Magdalena antes de sentarse en el despacho, los repartidores del pan que lo dejan en una bolsa anudada al saliente de la persiana del bar... Y por supuesto los mendigos de tantas calles del centro, de esas calles cotizadas de la ciudad donde están las mejores firmas de moda, los principales bancos o esos negocios centenarios a los que el Ayuntamiento concede un sello de calidad. Los indigentes se levantan al alba. Se les ve a las siete de la mañana recostados en los portales, en los cajeros de las entidades financieras de las calles Imagen, Laraña, la Plaza de la Encarnación, la Plaza Nueva, la Plaza de la Magdalena, San Eloy o la Plaza del Museo. Forman todo un eje de cartones y mantas, que diría el político cursi de turno, en estos tiempos en que todos son mamelas de ejes, círculos y transversalidades. Sobre las siete y media han desaparecido dejando la estela de un olor intenso y a vino rancio. Se van a competir por las mejores plazas para ejercer de aparcacoches, a hacer cola a los comedores sociales o a comenzar la ruta de pedigüeños de cada día. Ellos son una Sevilla escondida a la espera del regazo de Mañara. En esta ciudad sales a caminar y te topas con esa realidad tiniebla con la que se despiden los últimos azules de cada noche. Hay veces que te cruzas con el presidente de esa multinacional que se camufla en sus caminatas con una gorra y unas gafas de sol, otras con el alto mando militar con despacho en la Plaza de España. Pero siempre, siempre, te encuentras con esa ruta de los mendigos de las siete de la mañana, la Sevilla sin esperanza, la que vocifera en el vacío, la de los ojos idos como un Saturno de Goya, la que recibe todas las miradas sin que nadie fije los ojos en ella.

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