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rafael / sánchez Saus

Unos cuantos niños

EL último descendiente de los vikingos instalados en Groenlandia murió en algún momento de la segunda mitad del siglo XV. Unos navegantes que exploraban las costas árticas lo encontraron dos siglos después, tendido en el patio de su granja, donde cayó cuando le llegó la hora en completa soledad. La primera presencia escandinava en aquel continente isla se clausuró tras una larga decadencia impuesta por el enfriamiento del clima y el consiguiente hostigamiento de los hielos, de los osos y de los esquimales, todos ellos tan simpáticos a la sensibilidad europea actual. Mucho antes habían dejado de nacer niños.

Comprendo que es un ejemplo extremo, tal vez único en la historia por su agudo dramatismo, pero me vino espontáneamente a la cabeza cuando oí los repiques de campana con que los medios de comunicación han saludado y convertido en noticia importante el hecho de que en España nacieron en 2014 algo así como quinientas niños más que el año anterior. Apenas una gota en el mar que se necesita para frenar la caída demográfica y, lo que es mucho más grave que la pérdida neta de población en un país de 46 millones de almas, su envejecimiento galopante. Pero hay que saludar como se merece que los creadores de opinión empiecen a considerar que es noticia, buena noticia, que hayan nacido unos cientos de españolitos más, porque hasta hoy mismo esta era cuestión que a nadie conmovía ni preocupaba lo más mínimo.

Si quinientas criaturas más, nos dicen, es una buena noticia, ¿qué no sería digamos cincuenta mil para empezar a resolver nuestro principal problema a la vista? Tal vez sea el momento de recordar, si el señor Rajoy no se ofende, que en España se practican anualmente más de cien mil abortos a mujeres que, en muchos casos, querrían y podrían tener y criar a sus hijos si se les ofreciera una verdadera oportunidad de hacerlo.

El envejecimiento de la población está llamado a convertirse en el primer problema de Occidente, y en especial de países como Italia o España. A esta generación que tanto le gusta disfrutar de la vida no le vendría mal dedicar algo de energía a intentar propagarla antes de que la futura ingeniería social aborde la cuestión como puede preverse: declarando insostenibles para tan pocos jóvenes a tantos amables y carísimos viejecitos y propiciando una rápida e indolora despedida. Y hasta lo llamarían progreso.

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