RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Cuatro noches romanas

CUATRO noches romanas son el testamento de una pugna, una conversación en un jardín que ha mimado sus piedras anteriores. Cuando la actualidad nos trae este crack emotivo, esta devaluación del optimismo que es la actual crisis económica, con su eco de suicidios alados y bursátiles en perdigonadas desde los despachos más altos de Wall Street, recuperar la hondura suave, atormentada y lúcida, locuaz y suspendida que puede provocarnos un poema es también noticia, y es una buena noticia, frente al marasmo público de esta deflación de cualquier ánimo. Ahora que tenemos unos días de presencia visible de la muerte, cuando las calles visten un luto de cirio y de un silencio al paso, puede venirnos bien o ser una experiencia sensitiva interior salir nosotros también al paso de la muerte, entablar un diálogo con ella o asistir a la conversación que ha tenido con ella el poeta valenciano Guillermo Carnero en su libro Cuatro noches romanas.

Toda la poesía de Carnero es un acecho múltiple a la muerte: nuestra vida, también. Incluso nuestra disposición hacia la Semana Santa, ante su densidad espectral de sombras adheridas a cualquier balconada barroca que resista el peso de una estética, está muy relacionada con la muerte. Cuatro noches romanas son las cuatro noches de vigilia, de encuentro y de intercambio íntimo y sentimental del autor como sujeto poético en las noches romanas, en cuatro escenarios muy distintos que tienen entre sí la simetría de dar cuatro escenarios de la muerte y cuatro latitudes de la muerte. La muerte siempre es más sabia porque la vida es más sabia, también. Recomiendo este libro para ser leído en cualquier época del año, pero especialmente ahora. También la vida intensa de cualquier jardín vacío, con una fuente lóbrega que una vez fue el muslo de una luz, cuando la espesura carga de ramaje toda línea del césped y la respiración, guarda siempre una hebra sorprendente de brillo entre las hojas, una sabiduría deliciosa que es una gota tibia sobre la superficie espesa de nenúfares, la clave que precede el esplendor.

Hay libros de poemas que se leen de un tirón, que acompañan sólo durante la lectura. Poco después, se olvidan. Hay libros en cambio que perduran más allá de sí mismos, que nos hacen volver y releerlos, reencontrarnos quizá con las otras versiones que aún esperan para ser revisitadas por nosotros. Es lo que sucede con Cuatro noches romanas, de Carnero, libro quizá cénit del novísimo que antes dibujó el eco de una muerte y ahora se enfrenta a ella, en las noches de Roma, con el equipaje entero de una vida. ¿Por qué perdura siempre el decorado cuando la representación ha concluido? Quizá porque el actor es escenario.

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