La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El oro andaluz y los niños de Pacheco

Hay una medalla de Andalucía que resalta la labor de un emprendedor con los menores del barrio más pobre de España

En el reparto de honores andaluces hay dos categorías. La primera es la de los predilectos y las medallas de oro, que vienen a ser como el equivalente a la corrida de abono, la de farolillos, con todo su relumbrón y con derecho a foto con el presidente. Y la segunda categoría son las denominadas banderas de Andalucía, que pesan un quintal y se conceden en el ámbito provincial, una suerte de novilladas sin caballos que sirven de premios de consolación a los que se han quedado fuera de los galardones gordos, pero que tienen la nunca bien ponderada utilidad de dar unos minutos de gloria a los delegados provinciales de la Junta, que antes eran señores muy importantes en todas las provincias menos en Sevilla, pero a raíz del Gobierno del Cambio nos hemos enterado de que en Sevilla no sólo tenemos todas las consejerías sino un pedazo de delegado del Gobierno de la Junta: Ricardo Sánchez. Este Sánchez, que no tiene la perfidia del de la Moncloa, es por su don de la ubicuidad mucho más conocido que muchos consejeros, no les quepa duda. Pero no nos desviemos por Mairena del Alcor, que es lo que le gustaría a don Ricardo, y vayamos al grano. Ayer salió la lista de los premios buenos, los gordos, los que entrega el presidente Moreno ("Llamadme Juanma"). Y la verdad es que hay un surtido variado, como de costumbre. Hay cuarto y mitad de populismo, sus cien gramos de justicia con algunos personajes, el nunca extraño premio de la categoría Juan Palomo (caso de la medalla concedida al propio Parlamento) y uno que me llamó muchísimo la atención al estar concedido nada menos que a los "valores humanos" de un señor empresario. Se trata de la medalla de Andalucía para José María Pacheco por la labor que desarrolla la Fundación Alalá en las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Pacheco tiene 65.000 empleados, pero no le oirán hablar de sus sociedades. Su entusiasmo en las tertulias se centra en los niños a los que la fundación atiende en una de las zonas más degradadas de España. Este sevillano discreto y enjuto, modelo de éxito con silenciador, lo tiene todo, absolutamente todo, para ocupar todos los puestos en la orla de vanidades de su tierra. Con su reloj de plástico, porque tiene claro que el mejor reloj es aquel que no necesita cuerda, su agendita de papel para apuntarlo todo, una exposición social sólo justificada si es por motivos empresariales y un estilo de vestir austero que llama la atención por el barrio de Salamanca de Madrid. A Felipe González le sacó una escultura con la que recaudar fondos para los niños de las Tres Mil. Los niños de este Pacheco que se puede pasar horas hablando de la fundación. Telefonea a Blanca Parejo, directiva de la entidad, desde cualquier parte del mundo para estar al loro. La integración es un valor humano que bien merece el oro andaluz. Y el orgullo de los andaluces.

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