Juan Antonio Solís

jasolis@diariodesevilla.es

¿Lo oyen? Es el silencio

De momento, los hinchas vascos que fueron imprudentes no son tan señalados como otros

FUE una pena volver a ver ayer las gradas del Ramón Sánchez-Pizjuán de un rojo radiante y silente. Como tantas veces viene ocurriendo con el verde brillante, verde Betis que enmarca los partidos de un equipo que esta temporada sí empieza a saldar la deuda con su afición. Por Nervión han pasado partidazos de Champions ante el Chelsea y el Borussia Dortmund o una semifinal de Copa ante el Barcelona sin que haya caído una sola cáscara de pipa al suelo. Y por Heliópolis, intensísimos duelos ante Sevilla, Barcelona. O los coperos a una sola bala ante Real Sociedad y Athletic. Y partidos inciertos resueltos con goles postreros de los que tanta alegría dan, como ocurrió en la remontada ante el Alavés tras un 0-2 en la primera parte. O golazos maradonianos como el de Fekir al Levante, que hubieran desatado la locura en el Benito Villamarín.

Todas esas fiestas al estilo sevillano nos estamos perdiendo, como efecto colateral y por supuesto superficial, de la maldita pandemia. El aficionado bético o sevillista con su bufanda, y también el periodista cuyo corazón palpita glosando los partidos señalaítos del fútbol hispalense, viven con resignación cómo se consume una temporada excepcional, con los dos equipos arriba, con el eco menor de los propios jugadores gritándose en las jugadas.

Los aficionados de Real Sociedad y Athletic Club tampoco pudieron empapar sus txapelas bajo la tormenta de la Cartuja y una parte minoritaria de ambas hinchadas se tuvieron que consolar saltándose, en la distancia, las normas dictadas para controlar los contagios.

Una irresponsable actitud que, de momento, no ha levantado ni de lejos las críticas institucionales de lo que aconteció en el último derbi sevillano, siendo muchos más graves los sucesos en Euskadi. ¿Lo oyen? Es el mismo silencio que atronó cuando el Sevilla celebró de forma ejemplar su sexta Europa League.

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