Ojo de pez

pablo / bujalance

a sesinos, pero de los nuestros

LAS consecuencias directas de la anulación de la doctrina Parot han revelado que la sociedad española no era, tal vez, como algunos creían. Cuando los presos etarras han regresado a sus pueblos euskaldunes no han sido los abertzales (o al menos, no sólo ellos) los que se han dado prisa en rendirles homenajes en los polideportivos: han sido los vecinos, algunos, muchos o pocos, al cabo da lo mismo, los que han salido a recibir a sus paisanos con salvas y alegrías, con aplausos y cohetes. Una mujer que formaba parte de una de estas comitivas espontáneas se explicaba así ante una cámara de televisión: "Entendemos que a algunos les pueda resultar molesto, pero quienes estamos aquí somos amigos y familiares de los presos, llevamos muchos años sin verlos y no nos vamos a resistir a darles un abrazo". Estos abrazos, así como los ágapes posteriores, suceden a menudo sin que los regresados hayan mostrado señal alguna de arrepentimiento, ya se llevaran por delante a miembros de las fuerzas armadas, a civiles, a trabajadores o a niños. Un Tribunal de Derechos Humanos ha dictaminado que ya han cumplido con la justicia. Y eso parece ser suficiente.

Fernando Savater lo explicó una vez muy bien: el problema de la sociedad vasca con ETA es que muchos siguen considerado a los terroristas de los suyos. De acuerdo, dirían, son unos asesinos, lo que han hecho está muy mal. Pero son nuestros asesinos. Nuestros paisanos. Podemos entender el dolor de las víctimas, pero nosotros nunca hemos compartido con ellas unas kokotxas. En realidad, y por más que les pese a los nacionalistas, se trata de un sentimiento muy español. Las actuaciones más criminales cometidas en la Guerra Civil todavía son juzgadas a estas alturas a tenor de criterios de inocencia y culpabilidad respecto a sus víctimas. Es decir, importa más si las víctimas se lo merecían o no que la responsabilidad del verdugo; como si el hecho de que efectivamente se lo mereciesen ("Lo mataron y no había hecho mal a nadie", he aquí el argumento común) mitigara un tanto el peso del crimen.

Por ahora, el discurso de una violencia compartida en Euskadi va calando: cierto, los terroristas mataron, pero es que sus víctimas participaban en un Estado represor y torturador. Así que la noción de asesinato termina siendo relativa. Albert Camus tendría mucho que decir al respecto: lo grave es el crimen, no la presunción de inocencia o culpabilidad de la víctima. Pero mientras los nuestros lo sean por terruño y no por humanidad, seguiremos vendidos al odio.

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