Si hay expresiones que resumen mejor la situación internacional del año recién comenzado son sin duda las de cambio e incertidumbre. Es verdad que, al margen de las noticias que nos llegan a través de los medios, la rutina cotidiana y sus constantes repeticiones salvan por contraste su gravedad, advirtiéndonos de que existe otro escenario más amable.
Un gran movimiento político se desarrolla en el ámbito internacional: la lucha descarnada por la hegemonía. A él concurren tres grandes potencias, que tratan de fijar sus áreas de influencia: Estados Unidos, Rusia y China. De su poder de atracción y de su capacidad armamentística dependerá la correlación de fuerzas que se establezca entre ellas. Ahora su intento consiste en tomar posiciones, una vez que el orden surgido tras la II Guerra Mundial ha quedado invalidado. Frente a lo que pudo creerse, la caída del comunismo, a pesar de su mutación en sus variantes china y bolivariana, trajo una cierta paz, aunque perturbada esta por la activación del islamismo radical, el eterno conflicto de Oriente Medio y las luchas étnicas en países de África.
En torno de los tres colosos referidos giran potencias intermedias y pequeñas, que, como es habitual, intentan arrimarse a uno de los grandes imperios para no quedar descolgadas y sin defensa, mientras sufren a su vez procesos de cambio en su interior (Irán, Siria). El peligro de encadenamiento de rivalidades y conflictos es obvio. El mundo vuelve a adiestrarse para la guerra, con llamadas a los jóvenes a engrosar sus ejércitos, mayores inversiones en armamento y movimientos tácticos, mientras se prodigan los desafíos verbales y se llevan las tensiones al límite. Indudablemente, el temor al desastre nuclear hace que, de momento, no se resuelvan en un enfrentamiento abierto y que la presión se ejerza a través de terceros. Desde la II Gran Guerra, nunca como ahora, hemos sentido temblar el suelo bajo nuestros pies. No sabemos, en el caso de que estallara un conflicto amplio, la disposición de los jóvenes para ir al combate, al menos en Occidente, aunque todo hace presumir que, por causas diversas, la respuesta no sería negativa.
En la UE se perciben fuertes movimientos en su interior, una reducción de su influencia externa, y una indisimulable incapacidad para hablar de tú a tú con las grandes potencias, incluyendo a su antiguo aliado norteamericano. Está pagando, qué duda cabe, un fuerte precio por su entrega a la agenda globalista, de manos de las izquierdas y las derechas tradicionales. Cada vez mayor número de países se alejan de la ideología que la ha inspirado, por el alto coste a pagar por ellos y sus ciudadanos, y han iniciado caminos de mayor autonomía.
Las culturas woke y progre han empezado a retroceder en Occidente, como cabía esperar de sus forzadas interpretaciones del pasado, su obsesión ecologista y su promoción de una ingeniería social contra natura. La izquierda contempla con temor su progresiva caída, aunque siga sin poner remedio, por su adhesión al globalismo, al multiculturalismo, el apoyo a las dictaduras y a dichas ideologías en general, así como por el fracaso de sus propias recetas socioeconómicas. Lo que está ahora en juego no es una simple lucha a nivel internacional por la libertad contra el fascismo, como pretende presentarse a veces, sino una pugna entre dos concepciones radicalmente diferentes del hombre y de la vida social.
En lo político se trata de ocupar los puntos estratégicos del planeta para disuadir más eficazmente al hipotético enemigo y proveerse de unos recursos cada vez más escasos, ante el crecimiento de una demanda insaciable destinada a satisfacer los deseos incolmables de progreso y bienestar de la población. A lo que se une la competencia económica, el provecho de la industria armamentística y un desarrollo tecnológico sin límites. En definitiva, un nudo gordiano complicado de desatar.