Cada nuevo conflicto internacional reabre una vieja discusión: qué medios ofrecen una narrativa más completa o neutral de lo que ocurre y cuáles lo hacen desde una mirada interesada. El debate sobre la confianza en los medios es una herida abierta, agitado por detractores de los grupos informativos y por quienes los asumen como aliados cuando ya han visto una decena de imágenes manipuladas circulando por la web.
El sesgo es toda desviación de la verdad, pero ¿quién puede conocerla? Se argumenta que los medios tienen intereses políticos y económicos, que pueden tergiversar historias, modificar el pensamiento de los ciudadanos, direccionar sus acciones. Es una preocupación legítima, pero el sesgo, en realidad, es muchas cosas más.
El sesgo es humano, porque informar implica seleccionar: qué se cuenta y qué no, en qué orden, a través de qué fuentes, con qué fin. El sesgo es también involuntario: hay respuestas que nunca llegan y ausencias que el periodista no subsana porque, sencillamente, no sabe que existen.
El sesgo es lo que se cuenta y lo que se calla. Se refieren los detalles técnicos del misil basilístico de Rusia, pero poco sobre la financiación encadenada de estas armas. El sesgo es la carga emocional recurrente en titulares y testimonios, presente en decenas de artículos sobre sufridores y allegados, que crea un patrón atravesado por la pena y la violencia. Habitualmente, de solo un protagonista del conflicto, como si ante el contrario no existiera el horror.
El sesgo es, también, no poder preguntar al testigo, ni al cómplice, ni al decisor; porque no se conoce su identidad o paradero, porque nunca responderá a la llamada. El sesgo es solo reproducir los comunicados oficiales o entrecomillar declaraciones, sean estas precisas o no. Sesgo es transcribir que Estados Unidos detiene al líder de una banda de narcotráfico, obviando que es, además, el máximo dirigente de un Estado.
El sesgo es presentar una opinión como un hecho, aunque todos estemos de acuerdo —porque hay sesgos aceptables e inaceptables—; presentar al bueno como siempre bueno y, al malo, como malo eterno. Sesgo es contar que solo Ucrania es víctima, que Europa es solo aliada. El sesgo es sugerir una relación de causa y consecuencia, aunque no esté probada.
Entender el sesgo exclusivamente como una deriva interesada es simplificar el asunto, puesto que en numerosos casos es el resultado de límites estructurales, decisiones necesarias y contextos incompletos.
Y además, en ocasiones, el periodismo también tiene que posicionarse. Casi nunca su cometido es dar voz a todas las partes interesadas —entre otras cosas, porque los interesados tienen su canal—. Prácticamente siempre tendría que cocinarse a fuego más lento para unir los puntos y hacer valer el contexto, ese tejido invisible que convierte los hechos aislados en vida comprensible. Y, también entonces, incluso en su versión más cuidadosa y reflexiva, tendría un sesgo. Porque este no es una anomalía del periodismo, sino una consecuencia inevitable de informar. De recortar la realidad en fragmentos transportables.
El problema no es que el sesgo exista –porque existirá siempre–, sino que, como lectores, olvidemos que está ahí. Resulta excesivamente cómodo hacer propia la versión ajena y tomar por absoluto lo recibido. No se trata de desconfiar, sino de reconocer lo inmenso de la verdad. Si todo relato está atravesado por decisiones y límites, la lectura crítica no es una virtud añadida, más bien, parte de la rutina de informarse.
Asumir que el sesgo es inevitable no conduce al relativismo, sino a una forma más activa –y también más templada– de consumo informativo. Conduce a entender que estar informado no es acumular certezas, sino navegar entre versiones con criterio propio. Y a la autoexigencia, me atrevería a decir: si creemos estar bien informados sobre un tema, nos hace falta consultar más. Al final, la herida abierta no es solo si el periodismo tiene sesgo, sino si nosotros tenemos la humildad de reconocer el nuestro.