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Rafael Atienza: “Exhibir un título de nobleza trae hoy inconvenientes”

Rafael Atienza | Marqués de Salvatierra

El teniente de hermano mayor de la Maestranza de Ronda acaba de publicar con la editorial Pre-Textos ‘Heredar el mérito’, un brillante ensayo sobre el devenir de la aristocracia y sus valores Andrés Amorós: “De mayor me gustaría ser sevillano serio”Ignacio Romero de Solís: “El amor pasa, el ajo permanece”

Rafael Atienza. / Juan Carlos Vázquez

Rafael Atienza Medina (Sevilla, 1943), marqués de Salvatierra, es un hombre culto y pudoroso, con elegante sencillez en el trato. Es más de escuchar que de hablar, pero cuando lo hace es con frases oportunas y a media voz, sin retórica. Maneja bien el florete de la ironía y, de vez en cuando, brilla en sus ojos un asomo de divertida maldad. Hombre de vasta cultura y más vasta biblioteca acaba de publicar con Pre-Textos su ensayo Heredar el mérito. Las aristocracias y el empeño dinástico, un libro brillante y muy bien escrito, mezcla de ensayo de sociología histórica con el retrato de una clase, la aristocrática, que a duras penas se mantiene en un mundo donde los valores contradictorios de la meritocracia y el populismo se impusieron hace mucho tiempo a los de la nobleza. No habla cualquiera del asunto. Rafael Medina, además de marqués de Salvatierra, es teniente de Hermano Mayor de la Maestranza de Ronda y maestrante de Sevilla. También es miembro de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. Se ganó la vida en el sector financiero y empresarial, donde llegó a ser presidente del grupo Helvetia.

Pregunta.–Enhorabuena, un libro interesante y bien escrito, no es tan común.

Respuesta.–Soy un simple aficionado. Hasta ahora apenas había escrito prólogos para otros libros. Esto es lo primero que hago medianamente serio. No tengo el don de la concisión, por eso he escrito un libro de 300 páginas para explicar lo que otros hacen en tres frases. En esta materia detesto la frase hecha, la banalidad y la frase brillante que lo resume todo, la realidad es más compleja. Siempre he vivido del mundo financiero. Esto es un entretenimiento.

P.–Las cosas cambian, antes la banca no estaba muy bien vista en la aristocracia. Como bien cuenta en su libro, la política, la milicia y la agricultura eran sus ocupaciones favoritas.

R.–Las finanzas estaban en el cuarto puesto. Lo que era más indigno para un noble era entretener a los demás, que es a lo que se dedican muchos ahora, enseñando sus casas, explicando su historia... La industria del ocio ha adquirido tal volumen que se ha convertido en socialmente aceptable y, en cierta medida, está protagonizada por esa aristocracia que antes rechazaba a actores, artistas o entertainers y ahora compite con ellos en atraer y divertir a los visitantes. En las casas antes no se invitaba a artistas, sino a abogados, banqueros, etcétera.

P.–Si este libro lo hubiese escrito un antepasado suyo habría firmado como Marqués de Salvatierra. Sin embargo, usted lo hace como Rafael Atienza.

R.–Actualmente nadie llega a una reunión presentándose como el marqués de tal, lo que antes era completamente normal. La vida es hoy demasiado complicada como para que el pertenecer a un linaje te la dificulte más. El título hoy solo se usa en clubes y determinados ambientes proclives a estas cosas. No se puede ir por ahí molestando a la gente yendo de marqués, sobre todo a los acreedores

P.–¿Hay una especie de pudor, una aristocracia vergonzante?

R.–Los títulos se ocultan no por modestia, sino para evitar susceptibilidades, prejuicios o condescendencia. Hasta la II República eran títulos de Castilla más de la mitad de todos los gobiernos. Hoy no sé cuántos hay en la política y la alta administración, pero seguro que hay varios y nadie lo sabe.

P.–A Cayetana Álvarez de Toledo se lo recuerdan continuamente, siempre con intención de perjudicarla. En este tiempo de populismo no gustan las marquesas.

R.–Exhibir un título de nobleza trae hoy inconvenientes. También en la empresa privada. En los consejos de administración de las grandes corporaciones nunca verá que aparezca nadie con su título. Pocos hay que den la cara. Y, sin embargo, si lee la prensa económica y ve los nombramientos siempre hay apellidos conocidos.

Los títulos se ocultan no por modestia, sino para evitar susceptibilidades y condescendencia

P.–Sin embargo, aunque los títulos levanten suspicacias, también provocan cierta fascinación.

R.–Más bien levantan curiosidad y una cierta condescendencia. En Cataluña nos dicen: “qué cosas más raras hacéis en España”.

P.–Pero en Cataluña hay un cuerpo nobiliario histórico.

R.–Muy pequeño y nunca nadie usa el título. En Puerta de Hierro o en el Nuevo Club de Madrid todavía se usan los títulos. En el Golf de Barcelona, nadie.

P.–En el libro explica cómo la nobleza es una historia de éxito entre la Edad Media y la Primera Guerra Mundial.

R.–Todas las élites aspiran a ser hereditarias, pero solo la aristocracia lo logró durante siglos, porque su meta no era la cúspide social ni la económica, sino la del Estado, y a este objetivo estaban dispuestos a sacrificar familia y patrimonio.

P.–¿Y por qué la Primera Guerra Mundial fue el final de su buena estrella?

R.–La Gran Guerra fue una salvajada que volvió al público en contra de las elites, que fueron acusadas de mandar a millones de niños a matarse en las trincheras. La aristocracia llevaba desde la Revolución Francesa cayendo, pero aquello fue definitivo. Entre otras cosas porque desaparecieron 16 casas reales. Con las monarquías caían las aristocracias, que al fin y al cabo eran el entorno del monarca.

P.–¿Es imposible una república con títulos aristocráticos?

R.–En teoría, en Francia sigue en pie una legislación de Napoleón III que permite que continúen los títulos oficiales, pero no se da ninguno desde hace 80 años. El Vaticano concedió su último título en los años 60. Y en Noruega se prohibieron con la misma monarquía. En Alemania e Italia quedaron prohibidos tras la II Guerra Mundial.

P.–Con la II República la aristocracia perdió parte de su poder, pero algo recuperó con Franco.

R.–La nobleza española llegó a la República sin poder político pero con poder económico. Después llegaron la movilidad social que trajo el franquismo y la democracia. Franco rescató títulos, pero era antiaristocrático. Él quería, sobre todo, clases medias. La Monarquía ha dado algunos títulos, pero en ningún momento ha querido formar corte. Los títulos desaparecieron del protocolo del Estado.

P.–Los dos Alfonsos, XII y XIII, sí usaron mucho el ennoblecimiento como forma de recompensa.

R.–Desde Cánovas hasta la República la mitad de los gobiernos eran títulos, como dijimos antes, pero de éstos más del cincuenta por ciento eran de nuevo cuño. El historiador Guillermo Gortázar usó para la aristocracia del XIX la metáfora de un autobús en el que se subían unos nobles y bajaban otros según la parada. No había dinastías. La aristocracia titulada española de la Restauración fue la más abierta de Europa. Hoy, sin embargo, en las esquelas de los periódicos, vemos que es bastante más endogámica.

“Todas las elites aspiran a ser hereditarias, pero sólo la aristocracia lo logró durante siglos

P.–¿Qué pasó?

R.–Como cuento en el libro, al desaparecer la presencia pública de la nobleza y su renovación continua, la clase se convirtió en casta. Si la función de la clase es absorber, la de la casta es excluir y preservar. Ambos sistemas son frágiles y con tendencia a la entropía, la casta por adocenamiento, la clase por dilución.

P.–¿Inglaterra sigue siendo la gran arcadia aristocrática?

R.–De alguna manera lo sigue siendo, pero la aristocracia inglesa del periodo victoriano y principios de siglo XX era una cosa extraordinaria. Ya no se conceden títulos hereditarios. El último fue el Ducado de Westminster, hace un siglo y medio. La reina Isabel de Inglaterra quiso darle un ducado a Churchill, pero él dijo que no por dos motivos: porque no tenía dinero (un duque debía ser rico para ejercer de tal) y, segundo, porque arruinaría la carrera política de su hijo Randolph. Antiguamente, para un noble era costosísimo su dedicación a la política. Si uno era embajador se lo pagaba todo. El duque de Osuna se arruinó por su embajada en Rusia, intentando epatar al zar. La decisión de pagar a los legisladores fue una sorpresa. En España no fue hasta principios del siglo XX.

P.–Los títulos han permanecido, pero la nobleza como clase privilegiada por la ley desapareció con el fin de la sociedad estamental, en el siglo XIX.

R.–Hay quien dice que fue con la llamada “confusión de estados”, en 1830, y otros con la Constitución de Cádiz de 1812, cuando se estableció la igualdad de todos los españoles ante la ley. La desamortización le dio la puntilla.

P.–¿Y qué es lo que hay ahora en las corporaciones nobiliarias? ¿Solo genealogía?

R.–¿Qué va a ser si no? Son restos de antiguo esplendor. En España son unas cien las corporaciones nobiliarias. Hay mucha afición a esto y a la gente le gusta entrar. Lo hacen probando apellidos, demostrando que sus antepasados eran nobles antes de las Cortes de Cádiz. Hay aficiones para todo. Se suelen pedir cuatro apellidos nobles, lo cual hoy es prácticamente imposible. Lo más importante es el primer apellido. Sobre ese no hay dispensa.

P.–Usted dice que es difícil criticar la meritocracia como motor social, pero también comenta unos estudios que demuestran que la meritocracia en EEUU se ha convertido en una casta que ha dado la espalda a la comunidad.

R.–Eso es sorprendente. En América había una verdadera aristocracia: eran dinastías generosísimas que estaban comprometidas con el servicio público... Pero cuando se abrieron las grandes universidades a la meritocracia, aquella vieja clase patricia que se veía obligada a dar la cara por el país, se vio sustituida por los más inteligentes que han ido a lo suyo, que solo quieren ganar dinero y se desentienden de la sociedad. Se salen del “nobleza obliga”. Solo cuando se hacen multimillonarios crean grandes fundaciones. En sus memorias, Tony Judt, que fue de los primeros meritocráticos en ingresar en Cambridge, dice que todos sus compañeros de familias tradicionales nunca pensaron en ganar dinero, todos querían dedicarse a la función pública, al periodismo, a la escritura... Una clase dirigente y privilegiada tiene que sentirse obligada por definición. Los valores de la aristocracia siempre han sido positivos.

P.–Ironiza con aquellos que identifican la decadencia con la elegancia y lo aristocrático.

R.–Hay gente que presume de decadente. ¿Dónde está la gracia de arruinarte o de que la casa tenga una grieta? Eso viene, como todos los males, del Romanticismo. Es ridículo. Siempre hay que intentar evitar la decadencia.

P.–La gran pregunta que todavía no le he hecho y que da título al libro es si se puede heredar el mérito.

R.–Claro que no. Eso es una provocación y un oxímoron. Pero me pareció un buen título.

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